Hace rato que no dejaba ver mis letras por este espacio. Y tengo tanto que contar y que decir. Resumiendo: estoy a menos de dos meses de convertirme en madre y sé que este evento dará vuelta mi vida.
Cuando lo supe, quedé con una sensación entre confundida y feliz, con una felicidad teñida por el vértigo del cambio. Como que de inmediato sentí una fuerza interior que me hizo mirar la vida con otros ojos. Claro, de ahí en adelante cualquier acción que emprendiera no me involucraría solamente a mí, sino que también a mi hijito en gestación.
Dije adiós a las salidas de happy hour que tanto me gustan y eliminé de mi dieta todas esas cosas que pudieran perjudicar mi embarazo.
Cuando sentí latir su corazoncito en la primera ecografía, me derretí de amor e hice patente su presencia.
Estos meses de dulce espera han sido buenos. A diferencia de muchas embarazadas no tuve ni vómitos ni mareos. Lo he pasado bien en el embarazo y muchos coinciden en que esta etapa me ha vuelto hasta más bonita. Opino lo mismo.
Mi wawiwi como llamé cariñosamente a mi hijito, me ha llenado de ternura y acompañado positivamente mi vida estos meses.
En diciembre supe que sería un niño. Yo esperaba que fuese una niñita, hasta pensé en llamarla Valentina. Pero no. Era un varoncito. Estaba nublada con el nombre de niño hasta que como revelación divina vino Martín. Me pareció un lindo nombre para mi pequeño varoncito.
Ahora, la mitad de mi vida gira en torno a Martincito que ha venido a llenar de alegría no sólo mi vida, sino que también la de mi familia.
Quiero que llegue pronto el día para verle su carita y acunarlo en mis brazos y entregarle todo ese amor guardado que tengo para el pequeño hombrecito de mi vida.
