lunes, 10 de enero de 2011

Amores de Barra ó Johnny Walker en sesión de olvido

¡Un trago, un trago!!!!!! Fue lo primero que pensé cuando el desatinado por el cual yo decía que no era soltera, me contó por teléfono que ya no éramos pareja. ¡Maldito!Siempre tan informal para sus cosas! Si tan sólo se hubiera dignado a aparecer para decirme que terminábamos, le habría dado vuelta su cara de idiota con una bofetada.
¡!Sola de nuevo!!! Yo que gritaba a los cuatro vientos que el amor sí existía, que los sacrificios valen la pena, que hipotequé mi independencia al irme a vivir a su lado, por un poco de cariño y dos veces de mal sexo a la semana. ¡Más sola que la una!
Corro hacia la licorera que de adorno tengo en el living y no encuentro nada: todas las botellas malditamente vacías. ¡¡Ah no!Tengo que salir por una botella de alcohol me digo y tomo mi cartera y me lanzo escaleras abajo, pues el elevador está descompuesto.
Apago el celular. No quiero que nadie me llame, ni necesito de mis amigas que de seguro saldrán con su cliché de ¡Estamos contigo! Si pudiera mañana no iría al trabajo.
Qué tortura tener que sonreír y rendir bien cuando por dentro llevas la procesión. Sin ser hereje, el Vía Crucis no es nada comparado a como me siento.
Pensando en si me compró un whisky o me voy sentar a la barra de un pub, decido que mejor lo primero. Un Johnny Walker Red Label solo, sin bebida y de ahí me dirijo a un mirador. El elegido: el Faro de Playa Ancha, donde tantas veces cuando estudiaba me iba a llorar mis penas.
Un sorbo tras otro y los recuerdos se suceden como una película de mala factura. Cómo nos conocimos, nuestros momentos felices, el día que arrendamos el departamento, cuando me regalaba flores, cuando yo sentía que era el centro de su vida. Las lágrimas brotan solas de mis ojos y al rodar por mis mejillas caen en mi boca y me bebo este trago, mezcla de whisky y llanto.
Me calmo y pienso si es necesario tanto escándalo. Mujeres solas hay por montones, y mi complejo de mártir se va alejando. La vida continua y otro amor vendrá, lo sé, pero yo quiero estar acompañada el resto de mi vida.
Tengo 30 años y a esta edad conseguir a alguien no es tan fácil y no pienso arrojarme a los brazos de un pendejo pasado a leche.
Frente al Faro, un poco más abajo el mar, con su inmensidad, me presenta su grandeza y me invita a ser parte de ella. Estoy mareada, no he comido nada y bañarme en la playa de noche puede ser un gran riesgo. Sólo atino a mojarme los pies, no me arriesgaré a morir. El no merece eso de mí.
Más al fondo, hacia la izquierda, se alza imponente la Piedra Feliz. Ahí donde tantos han decidido romper nexos con la existencia y casi creo sentir el llamado, cual canto de sirenas de quienes han pasado a mejor vida lanzándose desde uno de sus extremos.
Ya estoy alucinando y no llevo ni media botella. Son casi las doce de la noche y tengo frío. La blusa de seda se pega a mi piel, la falda poco me cubre y el viento me ha despeinado. Parezco una loca.
Enciendo un cigarro y en el humo que voy exhalando trató de ver que haré de aquí en adelante. Lo primero hacer que salga del departamento, reordenar mis cosas, arrojarle las de él. No quiero verlo partir. Trataré que se vaya cuando yo no esté. No quiero torturarme con esa imagen suya cerrando la puerta y yéndose para siempre y diciéndome ADIOS.
El ruido del viento imperante acá me molesta y enciendo la radio del auto. La canción que suena: El día que puedas, de Emmanuel. No sé si la emisora se conecta con mi pensamiento o alguien buena onda me programó la canción, pues me viene como anillo al dedo y me pongo a tararearla.

El día que puedas me mandas con alguien
Las cosas que ahora pudiera olvidar
El libro de versos que yo te leía
Los días felices que no volverán.

Seguro a Emmanuel también lo patearon. O se fue y nos dejó este himno a los abandonados.
Ya no quiero tomar más. Me devuelvo a la casa. Es tarde, son casi la una y media de la madrugada y me dio sueño. Al llegar al departamento, todo en silencio. No está, pero sí sus cosas. No hay rastros de que haya querido hacer su maleta, pues toda su ropa está allí. Sus camisas planchadas, sus pantalones colgados por mí, porque hasta su geisha llegué a ser.
Me saco la ropa y me meto desnuda a la cama. Quiero desprenderme de todo lo que fui y la desnudez me entrega la sensación de una nueva piel para librar otra vez la batalla.
Ya no lloro, pero tengo los ojos como idos. No puedo dormir, pese a morir de sueño y me siento como una zombie. Me da miedo que amanezca.No quiero verme sola en esta casa, sin su presencia a mi lado, sin su beso cínico de buenos días y sin nuestra lucha diaria por ganar primero la ducha.
Nunca más tostadas quemadas al desayuno, nunca más una discusión por quién paga las cuentas. Nunca más ruidos en la casa al llegar, nunca más un abrazo reconfortante después de un día de perros.
Morfeo se compadece de mí y me envuelve en un sueño que me deja zeta. O quizás una mosca tsé tsé entró a mi pieza y me picó.
¡Durmiendo vivir durmiendo, soñando vivir soñando!

No fui a la pega. Me quedé absolutamente dormida. Me refriego los ojos y descubro con desconcierto que se ha llevado sus cosas. Así, como entran los ladrones y los intrusos, entró en el departamento sin hacer ruido y yo ni lo escuché.

Me dejó un papel y una flor amarilla, el color del olvido y la crueldad, según los chinos. En la nota con letra apurada dice: No te culpes, soy yo, no eres tú la del problema...Un beso, ¡Fue lindo mientras duró!!!...NACHO
Me quedé perpleja. ¡Qué falta de originalidad en su nota. ¿Por qué no me despertó para verlo partir y así romper con la agonía y mi pena de una buena vez? Tal vez todavía le queda corazón y no quiso hacerme más daño.
Enciendo el celular. Tengo como 20 correos de voz y 10 mensajes de texto, todos de esas amigas copuchentas que querrán saber porque no me aparecí por el bar anoche. Más tarde les respondo. Ahora no, pues como anoche, mi fiel Johnny Walker está al lado de mi cama y tras la etiqueta roja me llama a brindar por la pérdida de ese amor indolente y no pienso hacerlo esperar.

Por Caro..

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