jueves, 13 de enero de 2011

La recaída


Lo nuestro se acabó
y te arrepentirás,
de haberle puesto fin
a un año de amor........

Así comienza una de las canciones más populares de la española Luz Casal. Si un año de relación es importante, imaginen la cantidad de recuerdos y huellas que dejan seis.
Esta historia es real. Pese a que no la conozco desde los inicios, doy fe que todo lo que escribo acá se acerca a la verdad.

Compartiendo la misma vocación e iguales intereses iniciaron una relación sentimental en la época universitaria. Imagino que los primeros años de pololeo fueron miel sobre hojuelas y que ya al cuarto, vinieron poco a poco el tedio y la monotonía. Sacrificios más, sacrificios menos, las relaciones inexorablemente se van desgastando y la magia que acompaña a los primeros encuentros se va esfumando.
Ella amaba su forma de amar y él seguro también rescata aquello de estos seis años de pololeo. Y es que el buen sexo es uno de los ingredientes fundamentales en cada relación y la ausencia de este lógicamente debilita las relaciones.
En el último tramo de esta historia, vinieron a aflorar aquellos sentimientos que estaban guardados. A ella se le acusó de falta de progresión ¡Que palabra más extraña y cursi! y ella reclamó insensibilidad y fomedad, ya que él destacaba por su innumerables “peros” para todo.
Cuando los planes casamenteros estaban ad portas, sí, casi casi listos, sobrevino una de esas crisis que bien pueden cimentar una relación o bien sepultarla para siempre y eso fue lo que ocurrió.

Vinieron los tira y afloja, ese no saber para dónde va la micro, teniendo siempre en claro que quizás lo mejor era romper.
Después de mucho pasarlo mal y de llorar tanto como para ser afluente del Mapocho, el día de su cumpleaños y más encima por teléfono, ella entendió que seis años se acababan y que por el bien de ambos era mejor decir adiós.
Ustedes dirán, mínimo una conversación, pero en un escenario donde las palabras sobran, es mejor dar paso al silencio e iniciar la pausa reflexiva.
Nunca un cumpleaños fue tan amargo, nunca se compraron tantos pañuelos desechables, nunca se lloró tanto como para quedarse ya sin lágrimas.
Pero el tiempo es sabio y sabe curar las heridas.
Pero faltaba más. Un golpe artero terminó por sepultar definitivamente la posibilidad de una vuelta, pues él en un acto desmedido inició una nueva relación con una mujer algo mayor, casi a las tres semanas de haber roto su pololeo de seis años.
Una puñalada que caló hondo en el corazón de la protagonista y que la hizo cuestionarse el rol que había jugado ella en la vida de este sujeto que no respetó ese duelo normal que tiene cada pareja que termina, por más que cualquiera de los dos se haya portado como un maldito o maldita.

Pasa el tiempo y se inicia en ella una transformación. Descubre todas aquellas cosas que no vivió por estar a su lado. Hay un mundo posible y miles de aventuras a la vuelta de la esquina y se lanza a conquistarlas.
Muda sus pensamientos acerca de las relaciones de pareja, de los hombres. Ya nada es tan rígido y se empapa de la liberación femenina, persuadida por esa nueva amiga.
Así viene una seguidilla de salidas y si bien no se encontró un hombre para amar, si comprobó su vigencia y que puede darse el lujo de tener al hombre que quiera.
En ese intertanto apareció un chico que prometía amor eterno y cuyas ansias terminaron ahogándola y dio por cortada esa relación, fugaz pero intensa.
Como es común en las relaciones, las parejas se regalan cosas como muestra de afecto o se prestan sus pertenencias. El tenía en su poder la colección de CDs de nuestra amiga, gran baluarte para ella y que no estaba dispuesta a perder. Vez que la llamaba, ella insistía en que le devolvieran sus cosas y él se enredaba en explicaciones tontas para no cumplir lo prometido. Inclusive llegó a decir que su nueva pareja se ponía celosa. ¡Celosa, una mujer recorrida, vieja, por decir lo menos!
Y la sorpresa fue mayúscula cuando él la llamó para anunciar que iba a su departamento a devolverle sus cosas.
Llegó, conversaron. Él aprovechó de alabar lo bonita que está, lo cambiado de su personalidad, la libertad de vivir sola. Ella no agregaba ni restaba nada a sus palabras, sólo se dejaba querer.
Y vino un beso, y luego otro. Seis años de miradas y caricias no pueden desconocerse de un día para otro. Como decía mi profesor de Leyes: la costumbre constituye derecho y el derecho acá se imponía, dejando ver que quizás no todo se ha olvidado o bien para demostrar que otras aguas corren bajo ese puente.
La cuestión es que ambos se confundieron o siguieron el camino que tantas veces hicieron juntos, para confundirse, para reafirmarse. Lo cierto es que una recaída no es caída, fue sólo un lapsus, una divagación, un reconocerse, un entender que las despedidas nunca son eternas y que a pesar de todo, la vida continúa...........


Por Carolina

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