martes, 2 de junio de 2015

El Mago del Playa*


*Esta historia es real. Sin embargo, algunos nombres han sido cambiados para proteger la identidad de los verdaderos protagonistas.

Dicen que la leyenda parte mucho antes, pero yo la sitúo en un sábado de inicios de abril de 2009. Noche fría de otoño en Valparaíso. Celebración cumpleañera de una periodista porteña. Bar El Cívico de calle Blanco.
Horas antes, desde de Santiago, llega él. Lo llamaremos el santiaguino, aludiendo a la ciudad de donde proviene. Su paso por el Puerto se explica porque estaba invitado al departamento de quien es ahora su mejor amiga. La  finalidad: compartir y celebrar el apio verde número 30 de Carla,  la festejada.
El segundo piso del citado bar recibía los festejos de dos cumpleaños. En el ala izquierda se celebraba el cumpleaños de Carla, donde estaba también convidado  nuestro protagonista, quien llegó a la fiesta acompañado de su amiga y otras dos chicas,  amigas de ella. De inmediato el grupo ameno se incorporó a los festejos. Había buena música, picadillo y se podrían pedir tragos con sugerentes descuentos por el solo hecho de haber sido invitados al cumple.
Nuestro amigo  pidió para sí una piscola o algo así. Había que servirse un trago  fuerte para romper el hielo en este grupo de gente que por primera vez veía. Por supuesto,  su amiga lo presentó al grupo como corresponde y de inmediato se le pudo ver conversando animadamente con parte de los invitado. Porque tímido no era el muchacho.
Tras el canto del cumpleaños feliz de rigor, el soplo de velas, la petición de deseos  y todo ese ritual que acompaña a las celebraciones cumpleañeras, el grupo se dispuso a ocupar la improvisada pista de baile para aprestar los primeros pasos de las cumbias, rock latino y el reggaetón del cual la cumpleañera se considera aún  fanática.
Nuestro protagonista de inmediato sacó a relucir sus dotes de eximio bailarín y se le pudo ver danzando con todo el lote de amigas. Pasaba de allá para acá y no se hacía problemas para repartirse entre todas las chicas.
Una de ellas, su amiga, empezó a captar la atención de uno de los invitados al otro cumpleaños que se celebraba a metros más allá. El muchacho la miraba, mas no se atrevía a sacarla a bailar y sólo le sonreía torpemente mientras sostenía una botella de cerveza en la mano.  Ahí ella entendió que el chiquillo era todo  lo que se llama “corto de genio” y podría haber muerto esperando que la sacase  a bailar.
Ya eran casi las dos de la madrugada, cuando fiel al plan inicial, el santiaguino y las chicas se despidieron de la cumpleañera y enfilaron hacia el que era el destino final de aquella salida: el mítico y a veces no bien ponderado Bar La Playa, enclavado en los inicios del siempre temido barrio chino porteño. (Aunque a decir verdad,  a mí, la que escribe;  nunca me pasó nada malo por esos lares).
Cuando tomaban sus chaquetas y despidiéndose de los demás, estando aún  en El Cívico, el muchacho tímido de la cerveza en mano le espeta al santiaguino con voz de desazón porque le llevaba a la muchacha que él miraba: -¡Shhhaaaa. Te las llevai a todas!  Ello desató la risa del grupo que se marchaba. Así llegaron al Playa, donde ya desde fuera podía apreciarse que el bar estaba todo lo que se llama “prendido”.
Entraron. De inmediato el grupete se instaló detrás de la barra principal, como estilaban. Cobraron las cervezas que en ese tiempo eran de litro y  que a modo de cover te entregaban tras pagar las dos lucas de la entrada y se dispusieron a bailar. Todos juntos,  como un piño de ovejas de un mismo rebaño.  
A la amiga del santiaguino poco le costó olvidarse al muchacho tímido de la cerveza del otro bar que no la sacó a bailar  y al estilo Visa ( porque la vida es ahora) empezó a “hacerse ojitos” con un muchachito con pinta de universitario de primer año, a quien de ahora en adelante llamaremos “Bob”.
El enganche fue inmediato, tanto fue así que Bob se puso a su lado a bailar y no dejaban de mirarse. Otra de las chicas, a quien llamaremos Mari, puso sus ojos en un tipo nada agraciado, creo que, confundida por la oscuridad del local y las pocas luces de neón que giraban en el cielo del Playa. Era la hora de las cumbias y la pachanga. La masa se meneaba como parte de una gran colorida y acomparsada coreografía. 
En tanto, el santiaguino, vestido con su raincoat negro, bebía y bebía cerveza,  y de paso se daba el lujo de invitar una chela a cuanto parroquiano hizo de un espacio pequeñito- al lado de unas  jabas de cerveza vacías- su centro de operaciones. Hablaban  de mil cosas ininteligibles entre el ruido de la música, chocaban las botellas  y hacían salud como si fuesen amigos de toda la vida.
En esas estaba él cuando sin decir agua va, la otra muchacha del grupo, Noelia; lo asestó y agarró a besos. Él quedó pasmado. No entendía qué pasaba, pues la chica en cuestión  no había sido nada cordial cuando compartieron  un almuerzo en la tarde. Por eso, cuando el resto de las muchachas  vio la escena de ambos “atracando” como se dice, en medio de esa música estridente y los parroquianos (as)  medios pasados, sólo atinaron a sonreír.
A esas horas, la amiga del santiaguino ya estaba de la mano con  Bob y se miraban amorosamente. Mari, en tanto, tomaba y tomaba cerveza,  no dando crédito a lo que había pasado con el que ella llamó “ese weón feo que me pinché”.
Las manillas del reloj corrieron veloces esa noche de juerga  y ya iban a ser cerca de las cinco de la madrugada. El local, en cualquier momento detenía la música y bajaba la cortina. 
Se encenderían las luces, esas mismas que ponían en evidencia las caras trasnochadas y pasadas de copas de algunos, poniendo en evidencia los  romances que se armaron en la noche.
La amiga y Mari se acercaron al santiaguino con Noelia. Había que decidir dónde se iban: si seguía la fiesta en otro lado o bien se iban al departamento. Decidieron lo segundo. Pero antes de eso,  Noelia, sin explicación, salió corriendo del local. Tras ella iba el santiaguino y tras éste su amiga,  Bob y  Mari.
Cuento corto: Noelia huyó porque pensó que su amiga, que estaba con  Bob toda acaramelada, se iba a molestar porque ella se había agenciado al santiaguino. Nada más erróneo, pues ella si bien se mostró sorprendida con la situación, hasta se alegró de lo ocurrido.
El grupo apuró el tranco para que la huida de Noelia no hiciese que se perdieran y ya en Plaza Victoria se les separó Mari, quien se fue a su casa, enclavada en un cerro vecino.
Y así se  quedaron los cuatro. Bob, que a esas horas ya estaba   súper incorporado al grupete, dijo patudamente: ¡Vámonos al departamento! Y así fue.
Llegaron. Como hacía sueño y ya nadie tenía el temple pa´ seguir carreteando, no siguieron la juerga. Era hora de dormir. La dueña de casa armó un improvisado camastro, con el colchón sofá y unas frazadas, donde se dispuso a pegar una pestaña un ratito al lado de Bob.
Mientras, “El Mago del Playa” hizo su primer truco. Mientras su amiga pensaba que él  dormía en su cama, que en honor a su calidad de visita gentilmente le habían cedido, el pilluelo  (Mago) mágicamente se había tele-transportado a la habitación del frente y durmió junto a Noelia. O más bien  eso dijo que había hecho. ¡Jajajajaja!
Y así, en Valparaíso, una noche otoñal de abril de hace ya seis años, nace la leyenda de El Mago del Playa, el que como reza su slogan: Se las lleva a todas.   
Ergo: En todo este tiempo el Mago no ha vuelto a las noches del Playa. Si lo ha hecho para almorzar de día cuando el local no es ni la sombra de lo que es de noche. 
Su historia siempre está presente entre quienes protagonizaron esta historia porque siempre se le recuerda.

Por eso, creo que es hora de que empiece ya a escribirse un nuevo episodio de sus andanzas porteñas.

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