jueves, 13 de enero de 2011

La recaída


Lo nuestro se acabó
y te arrepentirás,
de haberle puesto fin
a un año de amor........

Así comienza una de las canciones más populares de la española Luz Casal. Si un año de relación es importante, imaginen la cantidad de recuerdos y huellas que dejan seis.
Esta historia es real. Pese a que no la conozco desde los inicios, doy fe que todo lo que escribo acá se acerca a la verdad.

Compartiendo la misma vocación e iguales intereses iniciaron una relación sentimental en la época universitaria. Imagino que los primeros años de pololeo fueron miel sobre hojuelas y que ya al cuarto, vinieron poco a poco el tedio y la monotonía. Sacrificios más, sacrificios menos, las relaciones inexorablemente se van desgastando y la magia que acompaña a los primeros encuentros se va esfumando.
Ella amaba su forma de amar y él seguro también rescata aquello de estos seis años de pololeo. Y es que el buen sexo es uno de los ingredientes fundamentales en cada relación y la ausencia de este lógicamente debilita las relaciones.
En el último tramo de esta historia, vinieron a aflorar aquellos sentimientos que estaban guardados. A ella se le acusó de falta de progresión ¡Que palabra más extraña y cursi! y ella reclamó insensibilidad y fomedad, ya que él destacaba por su innumerables “peros” para todo.
Cuando los planes casamenteros estaban ad portas, sí, casi casi listos, sobrevino una de esas crisis que bien pueden cimentar una relación o bien sepultarla para siempre y eso fue lo que ocurrió.

Vinieron los tira y afloja, ese no saber para dónde va la micro, teniendo siempre en claro que quizás lo mejor era romper.
Después de mucho pasarlo mal y de llorar tanto como para ser afluente del Mapocho, el día de su cumpleaños y más encima por teléfono, ella entendió que seis años se acababan y que por el bien de ambos era mejor decir adiós.
Ustedes dirán, mínimo una conversación, pero en un escenario donde las palabras sobran, es mejor dar paso al silencio e iniciar la pausa reflexiva.
Nunca un cumpleaños fue tan amargo, nunca se compraron tantos pañuelos desechables, nunca se lloró tanto como para quedarse ya sin lágrimas.
Pero el tiempo es sabio y sabe curar las heridas.
Pero faltaba más. Un golpe artero terminó por sepultar definitivamente la posibilidad de una vuelta, pues él en un acto desmedido inició una nueva relación con una mujer algo mayor, casi a las tres semanas de haber roto su pololeo de seis años.
Una puñalada que caló hondo en el corazón de la protagonista y que la hizo cuestionarse el rol que había jugado ella en la vida de este sujeto que no respetó ese duelo normal que tiene cada pareja que termina, por más que cualquiera de los dos se haya portado como un maldito o maldita.

Pasa el tiempo y se inicia en ella una transformación. Descubre todas aquellas cosas que no vivió por estar a su lado. Hay un mundo posible y miles de aventuras a la vuelta de la esquina y se lanza a conquistarlas.
Muda sus pensamientos acerca de las relaciones de pareja, de los hombres. Ya nada es tan rígido y se empapa de la liberación femenina, persuadida por esa nueva amiga.
Así viene una seguidilla de salidas y si bien no se encontró un hombre para amar, si comprobó su vigencia y que puede darse el lujo de tener al hombre que quiera.
En ese intertanto apareció un chico que prometía amor eterno y cuyas ansias terminaron ahogándola y dio por cortada esa relación, fugaz pero intensa.
Como es común en las relaciones, las parejas se regalan cosas como muestra de afecto o se prestan sus pertenencias. El tenía en su poder la colección de CDs de nuestra amiga, gran baluarte para ella y que no estaba dispuesta a perder. Vez que la llamaba, ella insistía en que le devolvieran sus cosas y él se enredaba en explicaciones tontas para no cumplir lo prometido. Inclusive llegó a decir que su nueva pareja se ponía celosa. ¡Celosa, una mujer recorrida, vieja, por decir lo menos!
Y la sorpresa fue mayúscula cuando él la llamó para anunciar que iba a su departamento a devolverle sus cosas.
Llegó, conversaron. Él aprovechó de alabar lo bonita que está, lo cambiado de su personalidad, la libertad de vivir sola. Ella no agregaba ni restaba nada a sus palabras, sólo se dejaba querer.
Y vino un beso, y luego otro. Seis años de miradas y caricias no pueden desconocerse de un día para otro. Como decía mi profesor de Leyes: la costumbre constituye derecho y el derecho acá se imponía, dejando ver que quizás no todo se ha olvidado o bien para demostrar que otras aguas corren bajo ese puente.
La cuestión es que ambos se confundieron o siguieron el camino que tantas veces hicieron juntos, para confundirse, para reafirmarse. Lo cierto es que una recaída no es caída, fue sólo un lapsus, una divagación, un reconocerse, un entender que las despedidas nunca son eternas y que a pesar de todo, la vida continúa...........


Por Carolina

martes, 11 de enero de 2011

Imán de pasteles



(Rescatada de por ahí. Alude a mi realidad de hace cinco años atrás)

Las reglas de la teoría de la imantación amorosa pasteloide ha dejado la escoba en mi pobre corazón atendiendo a los últimos sucesos. No entiendo dónde adquirí ese radar que me conecta con los especímenes más deleznables del mal llamado sexo fuerte, o a lo mejor, lo heredé. No creo, pues las mujeres de mi familia, según sé, no gozan de tanta mala suerte en el amor. O al menos eso creo yo.
Todo empieza por el mal ojo que tengo. No sabía que me gustaba tanto la geometría y que practicaba tanto en materia sentimental los teoremas de Pitágoras y Tales desde que me vi involucrada en una serie de triángulos. Algunas veces sabiendo, otras ignorándolo completamente.

Para que decir, soy última de ingenua. Siempre espero lo mejor de la gente y pese a tener 27 años todavía no falta el que me vende la pomada. Si vendieran la plaza Victoria, o el reloj de flores de Viña, fijó que me anoto con una postura y si puedo, lo compro.

Alguien me sugirió por ahí un exorcismo amoroso, pero para mí, como siempre digo, esto de los pasteles es circunstancial. Si mirara mi conducta hacia atrás digo que no siempre obré como corresponde y yo creo que los pasteles es una forma de hacerme pagar mis faltas.

Otra cosa: me siguen los bebés. Será por ese aire de mamá que aflora por los poros que donde voy no falta el novel veinteañero que me jura este mundo y el otro y que sueña con pasarse más allá de los besos y los abrazos conmigo. Reconozco que atinar con cabros chicos no me desagrada, a veces, depende cuantas chelas o pisco sours tenga en las venas, pero tampoco es la panacea “llevarla” en la relación, ni que me miren con cara de desagrado las pendejas a las que les arrebaté las conquistas.

No hay mal que dure cien años, ni tonta que lo aguante. Pero yo tengo la culpa, para qué estamos con cosas. Si la naturaleza no me privilegió con ese radar anti pasteles que tienen algunas de mis amigas, por lo menos debería aplicarme en practicarlo. Tengo tantos ejemplos en que apoyarme y ni modo. Moriré con ese insulso magnetismo que cargo no sé donde y que hace que hombres con el ADN de SW* se acerquen a mi órbita, para colmo de mis males.

*Entiéndase sacos de weas.

La cadena de oro


Por Carito

El es como un culto al arribismo, es como decir soy del Sur y plata tengo, para demostrar cierta solidez económica. Por eso el reloj grande, la pulsera de plata y lo más destacable: la cadena de oro.
Luis es su nombre y Luisa,la protagonista de la historia. Algo así como Víctor-Victoria, el célebre film. Son vecinos del mismo condominio y se conocieron de manera accidental, así como en las películas. El es detective, dicho en buen chileno, el muchacho es tira o rati, como prefieran. Ella periodista, que confiesa que es picante ser pretendida por un chico de Investigaciones, ya que el hombre demostró sus intenciones. Luisa no da mayor crédito a sus coqueteos, pues estar de vuelta en el grupo de las solteras, la hace no querer involucrarse en relación alguna, por fugaz que parezca.
Ella me ha confesado que el famoso Luis, a quien no conozco, no es mal parecido. Sólo un detalle de su apariencia hace que Luisa lo rechace. Es la gruesa cadena de oro que exhibe en su cuello, signo de status en la clase popular, ya que desde antaño el oro ha sido signo de poder. Bueno, no es sólo la cadena. La pulsera de plata, el chicle, el reloj descomunal, las cortinas rosadas. Pero paremos un poco. El pobre Lucho está siendo puesto en el banquillo por mis letras.
Destaco eso sí que posee un buen auto y una colección de bonsái que no le deben haber costado baratos.
Quizás el hombre merece una oportunidad. Luisa debería dársela. Total las mujeres sabemos educar a los hombres y con un poco de amor, un roto mal educado puede convertirse en un gentleman. Y quien nos dice que Luisita pueda quitarle a Lucho su gusto por lo chulo. Sólo en un par de salidas ella podría persuadirlo de dejar los adornitos auríferos y vestirse de manera más simple, haciéndole entender que a los hombres no les vienen bien esas cosas.
Esto me hace recordar al muchacho de antaño a quien rechace por exhibir en su anular un anillo de oro. Dejo en claro, eso sí, que no era una argolla de matrimonio. Me parecía de traficante eso de andar con anillos apoteósicos en la mano. Y por eso, él fue descartado.
Yo abogo por al menos una salida de los protagonistas. Rechazarlo así tan arbitrariamente no es justo. Así es que ha decirle sí a la salida. Reconocer que el muchacho tiene su qué se yo es un gran paso. Es varonil, caballero, y eso se agradece por estos tiempos. Por último, la cadena de oro es una banalidad, es una cuestión de percepciones. Otra mina se moriría por un tipo cargado al orégano.
Luis y Luisa. Me gusta esta pareja. Un amor de verano, una historia para llegar a marzo. Con un poco de suerte, Lucho podría cantar en un tiempo más desde el balcón de su departamento: Fuiste mía un verano, solamente un verano…..

Te tengo ganas!!!

Ella no sabe bien si el tipo le gusta sólo porque se hace el difícil o porque cree que tras esa imagen de soltero empedernido y trabajólico puede encontrar al hombre de su vida. O quizás no sea para tanto.
Bueno, la cuestión es que ellos son colegas. El cruzó hace rato la frontera de los treinta y se acerca de manera inexorable a los 35. A su edad, aún no abandona el nido paterno y menos se ha planteado la idea de casarse y tener hijos. Ella en tanto, ya vive sola y el matrimonio y los hijos son proyectos que espera concretar pronto.
Me estoy poniendo latera. Como dije antes, ambos se atraen. Antes no pasaban de las palabras de buena onda mutua, todo, hasta una candente conversación por Messenger que derivó en que el hombre la fuera a visitar a su departamento. Ella no lo creía, es más no le creyó, hasta que la llamó por celular para preguntarle donde quedaba su departamento. Ahí entendió que el hombre no bromeaba y que quizás sus intenciones se harían realidad.

Él llegó cerca de las diez de la noche a su departamento. Una vez en el lugar iniciaron una conversación que repasó la vida personal, laboral y temas varios.

Pero de las palabras nos pasamos a los hechos. Del beso a las caricias y de eso a lo otro. Como diría el Rumpy del grado uno al dos, y del dos al 2.95. Pero no nos asustemos. Estamos hablando de personas adultas que se conocen y es de esperar, dada la atracción que se tienen, que algún día ocurriera esto.

Lo que más me sorprende de todo esto, es la actitud de ella. Antes la oí decir que eso de hacerlo porque sí no iba con su forma de pensar. Por eso me quedé de una pieza cuando me contó que se había liberado de sus prejuicios.

Lo celebro y lo aplaudo. Los tiempos han cambiado para nosotros las mujeres. Hemos conquistado espacios de participación por lo que es lógico que en el plano sexual también se evidencien algunos avances. La sociedad nos impone a las mujeres cánones morales donde la culpabilidad es protagonista. ¿Qué es lo que nos impide a las mujeres tener placer sin culpa?

No concebimos hacer el amor por que sí, tiene que haber un sentimiento de por medio, y es esa nuestra diferencia con los hombres que sólo necesitan un remezón en sus hormonas para tener sexo. Nosotras en cambio, la mayoría de las veces siempre queremos más.

Pero las cosas han cambiado y el sexo hace rato que camina separado del amor. Es más a veces hasta molesta, sobre todo cuando una quiere rehuir el compromiso.
Quizás a nuestra protagonista ahora le quede la duda de lo que va a pasar más adelante. Debe plantearse que es lo que quiere. Si seguir con él por las buenas o basar una relación en el sexo. ¿Un amigo en la cama o un amor duradero? Esa es la pregunta.......

Siete días tiene la semana


¿¿¿Lunes??? Quien dijo que es éste el primer día de la semana. Según leí una vez por ahí, Dios instituyó como primer día de la semana un domingo y como bien sabemos, lo destinó al descanso. Sabio el Todopoderoso que consideraba que cargando pilas y dedicándose 24 horas al ocio mental y físico se podía abordar de mejor forma las 144 horas semanales restantes.
Yo en lo personal,y sin duda muchos me encontrarán la razón, considero que los lunes saben a nada. Son como una lista de obligaciones por cumplir, todos andan con cara de apestados pensando en los días que se vienen.
Si quieres salir a hacer un trámite, vas a una oficina pública o a un banco, las filas están atestadas de gente. Todo el mundo tiene prisa. Te subes a un transporte colectivo y las caritas de los escolares te reciben con el sueñito instalado en los ojos, las mamás con cara de apuro crónico y quienes trabajamos con cara de obligación. ¡¡Con cara de lunes, como dicen!!

El día de la semana que más concita mi gusto es el miércoles. Día en que nací por supuesto, hace ya unos cuantos abriles. Entre los romanos fue el día consagrado a
Mercurio (dios romano del comercio y la elocuencia, y mensajero del dios supremo Júpiter). Y no me contradigan con que los miércoles son quizás los mejores días para el comercio y el trabajo, pues casi nadie se queja en miércoles. Es un buen día en general…

Hablando de días, significativos son nuestros domingos. Si hasta el cancionero popular le ha dedicado sus letras. Recuerdo la pegajosa cumbia esa de la Sonora Palacios que algunos insisten en llamar “La Peineta”, cuando al estirado de Kike Morandé se le ocurrió hacer cover la popular canción, pero que en realidad se llama “Todos los domingos”.
Y como olvidar aquella que no recuerdo bien quien canta, pero más bien es un verso con música que tocan a menudo en mi emisora favorita que se llama “Hubo un domingo en mi vida”. Los domingos tiene esa particularidad de ser especialmente lateros e improductivos, pero inspiradores de algunas buenas letras musicales.
Es el día de las licencias, de no levantarse, de no cocinar, de andar en pijama e incluso para algunos, de no bañarse. Ya lo decía la colombiana Shakira en su canción “Inevitable”: "Si es cuestión de confesar, nunca duermo antes de diez, ni me baño los domingos".. No es mi caso, porque sí o sí, paso por agua y jabón a diario.
Pero no escapan al tedio.
Conversando con gente que ha viajado y con experiencias viajeras mías, me he dado cuenta que no importa en la parte del globo donde te encuentres, porque de ese “efecto domingo”, no te escapas.
Recuerdo mi viaje a Brasil, estando en Buzios. Playa, sol, caipirinhas, garotos y el domingo me atrapó igual. Poco me bañé, la modorra me consumía y todos andábamos igual, no importando de qué lugar geográfico procedíamos.
También los dichos populares remiten al “domingo 7” para explicar algo que suene a exabrupto y se les achaca generalmente a las escolares que se embarazan. El tradicional: Esa cabra salió con” un domingo 7”. ¿De dónde vendrá esa expresión? Lo averiguaremos.
A los martes, jueves y viernes los dejaré en espera para una próxima divagación.

Pateadura a un caradura...

Esta historia es real. Sin embargo, se han omitido las verdaderas identidades de sus protagonistas (Frase robada a Carlos Pinto, maestro del suspenso chilensis)

Un caluroso mes de verano. Una ciudad de provincia. Una pareja normal con su hijo de tres años, paseando por la plaza en compañía de amigos.

El hombre sugiere que vayan a comer completos a un local concurrido. La mujer acepta y los amigos asienten. El más feliz, el pequeño Pedro de tres años, a quien le fascinan los hot dogs.

Hasta ahí parece una descripción de una situación coloquial, que nada de novedoso reviste.

Quien hizo la invitación de ir se excusa de asistir por tener, según él, que arreglar un auto. Le dice a Inés que vayan, que él se sumará más tarde. Ella lo nota extraño, alguna sensación le dejo su partida.

Con el anfitrión ausente, toman lugar en el local. Todos ríen y conversan animadamente. Es tarde de verano y el calor dentro de la taberna se hace agobiante. Deciden salir a la terraza que da a la calle.

Han pasado más o menos tres horas desde que Alejandro, el hombre, les dejó. De pronto, los bocinazos de la caravana de un auto de recién casados interrumpe la conversación. La escena no pasaba de ser algo normal, salvo porque dentro del automóvil principal, el flamante novio es Alejandro, quien al enfrentarse a la mujer que hasta hace pocas horas atrás era su pareja, vuelve descaradamente su rostro, ignorándola.

Todos se miraron perplejos. Nadie entendía nada ni daba crédito a la aparición y todos trataban de confundir al pequeño Pedro, quien para pena de su madre, advirtió que dentro de ese coche adornado y bullicioso, iba su padre en compañía de otra mujer.

Inés, con los ojos inyectados de rabia, con su orgullo de mujer herida, trataba con vanas palabras de explicarle a su hijo que él hombre que iba en el auto no era su papá.


Regresaron todos a sus casas. La velada que hasta esos momentos era animada se interrumpió ante tan infausta aparición. Inés cambió de ropa a su niño, lo acostó, pero el pequeño shockeado por la imagen que vio en la tarde, no decía palabra y sus ojitos infantiles denotaban una gran pena.

Las horas pasaron. Inés que no fumaba, se refugió en una cajetilla de cigarrillos para expulsar su pena. No entendía como el hombre con quien había compartido los mejores años de su vida la dejaba así, con la humillación a flor de piel y se lamentaba no haber advertido antes esta situación.


Su naturaleza de madre podía más que el dolor de la mujer humillada. Por eso al día siguiente mandó a Pedro a casa de una amiga y cómo si alguien le dictara que sus pasos eran los correctos, se dirigió a la taberna donde el día anterior compartía con sus amigos.


Pidio un agua mineral, se sentó en la sala interior y cual criatura salvaje que espera a su víctima, se puso a esperar su venida.

Alejandro llegó en su camioneta a devolver el licor que había pedido en concesión, sobrante de su fiesta de matrimonio. Ella salió sigilosa del local y lo abordó cuando estaba de espaldas. Le tocó el hombro con su dedo y al darse vuelta le asestó feroz pateadura en su virilidad: un puntapié con rabia, una vengativa patada para vengar la afrenta de la que fueron victimas ella y su hijo y le dijo: !Esto no es por mí, es por Pedro, maricón!


Y llovieron los improperios. Una descarga verbal beligerante, cargada de dolor, rabia. El no pudo decir nada. El dolor no lo dejaba y se arrodilló como un penitente quedando ahí en el suelo.

Ella se fue y se sacudió las manos en señal de misión cumplida.

Días después, por la madre del sujeto, supo que estuvo cinco días en cama, con hemorragias y ante el suceso, se arruinó su luna de miel. Cumplido el cometido, luego los contactos de ambos se remitieron a arreglos económicos para la mantención del pequeño Pedro.

Psaron los años, Pedro es ya un hombre. Nunca más se hablaron y hace unos días, un sábado de primavera se encontraron en una plaza de otra ciudad. Era sábado y como el destino a veces nos hace jugarretas, mientras él estaba en una esquina, y ella en la otra, fueron interrumpidos por un coche nupcial: una pareja de novios que se interponía entre ambos, una pareja de recién casados que los había separado, tal cual sucedió hace más de 20 años atrás.

La teoría de los ahogos o las ganas de escapar



Luego de ver que mi colega y amigo constantemente le está dando de comer a su blogcito, decidí hacer lo mismo con el mío....

Y qué mejor que hacerlo con un tema con el que a mí tanto me gusta festinar: los ahogos, recurso tan bien sobreutilizado por el personaje de la actriz Carmen Disa Gutiérrez en Sucupira...Ese culebrón de TVN que se rodó en Papudo. Ahogos con que la mujer graficaba su hastío de ciertas situaciones y que a mí me vienen tan seguido.

Resulta que doña Olga Marina de Fábrega, una mujer común y corriente, esposa del boticario del balneario, fémina más joven que su marido y con cierto enganche y simpatía, que cuando se veía abatida por la rutina y la monotonía del costero pueblo, tenía la costumbre de hacerse la invitada a cuanto evento social tuviesen sus amistades en el norte, llámese casamiento, bautizo, aniversario o velorio, para pegarse un viajecito en la mayoría de los casos a dedo...¡Jajajaja!

El ahogo se traducía en un viaje a espacirse, a compartir con otros, a darle rienda suelta al relajo, pero en el buen sentido de la palabra, según se releía.

A la Olguita no le atacaban los remordimientos de dejar solo a su "chancho, don Segundo Fábrega, quien al regresar a su hogar, dábase cuenta cómo su amada cónyuge le había dejado en una simple nota, la comunicacion de que se mandaba cambiar al norte.

El ingrediente de comedia en esta historia está dado porque don Segundo invadido por su soledad, al son de un tango gardeliano que sonaba lastimero en un añoso tocadiscos, daba espacio a sus instintos suicidas, siendo en muchas ocasiones candidato a ocupar la tumba que en el vacío cementerio sucupirano, el alcalde Federico Valdivieso pretendía inaugurar.

Mientras Segundo casi moría, su Olga lo pasaba regio y despues volvía contando sus peripecias en el norte, casi siempre en Antofagasta- donde se hacía amiga de medio mundo- dejando entrever que ya había conquistado nuevas invitaciones, ideales para futuras escapadas o AHOGOS. ¡Maestra la Olguita!

Lo pasaba regio, se desAHOGABA, llegaba a su casa como si ná y más encima su chancho la esperaba paciente, ganoso y lo mejor, sin odiosas preguntas.  Me pregunto, valga la redundancia ¿quedará algun Segundo por ahí? Si así es, buscaré las coordenadas para con él encontrarme.

lunes, 10 de enero de 2011

Amores de Barra ó Johnny Walker en sesión de olvido

¡Un trago, un trago!!!!!! Fue lo primero que pensé cuando el desatinado por el cual yo decía que no era soltera, me contó por teléfono que ya no éramos pareja. ¡Maldito!Siempre tan informal para sus cosas! Si tan sólo se hubiera dignado a aparecer para decirme que terminábamos, le habría dado vuelta su cara de idiota con una bofetada.
¡!Sola de nuevo!!! Yo que gritaba a los cuatro vientos que el amor sí existía, que los sacrificios valen la pena, que hipotequé mi independencia al irme a vivir a su lado, por un poco de cariño y dos veces de mal sexo a la semana. ¡Más sola que la una!
Corro hacia la licorera que de adorno tengo en el living y no encuentro nada: todas las botellas malditamente vacías. ¡¡Ah no!Tengo que salir por una botella de alcohol me digo y tomo mi cartera y me lanzo escaleras abajo, pues el elevador está descompuesto.
Apago el celular. No quiero que nadie me llame, ni necesito de mis amigas que de seguro saldrán con su cliché de ¡Estamos contigo! Si pudiera mañana no iría al trabajo.
Qué tortura tener que sonreír y rendir bien cuando por dentro llevas la procesión. Sin ser hereje, el Vía Crucis no es nada comparado a como me siento.
Pensando en si me compró un whisky o me voy sentar a la barra de un pub, decido que mejor lo primero. Un Johnny Walker Red Label solo, sin bebida y de ahí me dirijo a un mirador. El elegido: el Faro de Playa Ancha, donde tantas veces cuando estudiaba me iba a llorar mis penas.
Un sorbo tras otro y los recuerdos se suceden como una película de mala factura. Cómo nos conocimos, nuestros momentos felices, el día que arrendamos el departamento, cuando me regalaba flores, cuando yo sentía que era el centro de su vida. Las lágrimas brotan solas de mis ojos y al rodar por mis mejillas caen en mi boca y me bebo este trago, mezcla de whisky y llanto.
Me calmo y pienso si es necesario tanto escándalo. Mujeres solas hay por montones, y mi complejo de mártir se va alejando. La vida continua y otro amor vendrá, lo sé, pero yo quiero estar acompañada el resto de mi vida.
Tengo 30 años y a esta edad conseguir a alguien no es tan fácil y no pienso arrojarme a los brazos de un pendejo pasado a leche.
Frente al Faro, un poco más abajo el mar, con su inmensidad, me presenta su grandeza y me invita a ser parte de ella. Estoy mareada, no he comido nada y bañarme en la playa de noche puede ser un gran riesgo. Sólo atino a mojarme los pies, no me arriesgaré a morir. El no merece eso de mí.
Más al fondo, hacia la izquierda, se alza imponente la Piedra Feliz. Ahí donde tantos han decidido romper nexos con la existencia y casi creo sentir el llamado, cual canto de sirenas de quienes han pasado a mejor vida lanzándose desde uno de sus extremos.
Ya estoy alucinando y no llevo ni media botella. Son casi las doce de la noche y tengo frío. La blusa de seda se pega a mi piel, la falda poco me cubre y el viento me ha despeinado. Parezco una loca.
Enciendo un cigarro y en el humo que voy exhalando trató de ver que haré de aquí en adelante. Lo primero hacer que salga del departamento, reordenar mis cosas, arrojarle las de él. No quiero verlo partir. Trataré que se vaya cuando yo no esté. No quiero torturarme con esa imagen suya cerrando la puerta y yéndose para siempre y diciéndome ADIOS.
El ruido del viento imperante acá me molesta y enciendo la radio del auto. La canción que suena: El día que puedas, de Emmanuel. No sé si la emisora se conecta con mi pensamiento o alguien buena onda me programó la canción, pues me viene como anillo al dedo y me pongo a tararearla.

El día que puedas me mandas con alguien
Las cosas que ahora pudiera olvidar
El libro de versos que yo te leía
Los días felices que no volverán.

Seguro a Emmanuel también lo patearon. O se fue y nos dejó este himno a los abandonados.
Ya no quiero tomar más. Me devuelvo a la casa. Es tarde, son casi la una y media de la madrugada y me dio sueño. Al llegar al departamento, todo en silencio. No está, pero sí sus cosas. No hay rastros de que haya querido hacer su maleta, pues toda su ropa está allí. Sus camisas planchadas, sus pantalones colgados por mí, porque hasta su geisha llegué a ser.
Me saco la ropa y me meto desnuda a la cama. Quiero desprenderme de todo lo que fui y la desnudez me entrega la sensación de una nueva piel para librar otra vez la batalla.
Ya no lloro, pero tengo los ojos como idos. No puedo dormir, pese a morir de sueño y me siento como una zombie. Me da miedo que amanezca.No quiero verme sola en esta casa, sin su presencia a mi lado, sin su beso cínico de buenos días y sin nuestra lucha diaria por ganar primero la ducha.
Nunca más tostadas quemadas al desayuno, nunca más una discusión por quién paga las cuentas. Nunca más ruidos en la casa al llegar, nunca más un abrazo reconfortante después de un día de perros.
Morfeo se compadece de mí y me envuelve en un sueño que me deja zeta. O quizás una mosca tsé tsé entró a mi pieza y me picó.
¡Durmiendo vivir durmiendo, soñando vivir soñando!

No fui a la pega. Me quedé absolutamente dormida. Me refriego los ojos y descubro con desconcierto que se ha llevado sus cosas. Así, como entran los ladrones y los intrusos, entró en el departamento sin hacer ruido y yo ni lo escuché.

Me dejó un papel y una flor amarilla, el color del olvido y la crueldad, según los chinos. En la nota con letra apurada dice: No te culpes, soy yo, no eres tú la del problema...Un beso, ¡Fue lindo mientras duró!!!...NACHO
Me quedé perpleja. ¡Qué falta de originalidad en su nota. ¿Por qué no me despertó para verlo partir y así romper con la agonía y mi pena de una buena vez? Tal vez todavía le queda corazón y no quiso hacerme más daño.
Enciendo el celular. Tengo como 20 correos de voz y 10 mensajes de texto, todos de esas amigas copuchentas que querrán saber porque no me aparecí por el bar anoche. Más tarde les respondo. Ahora no, pues como anoche, mi fiel Johnny Walker está al lado de mi cama y tras la etiqueta roja me llama a brindar por la pérdida de ese amor indolente y no pienso hacerlo esperar.

Por Caro..

Candy...la mona winner....


Es cierto que todas alguna vez quisimos ser Candy cuando chicas...

Yo de más crecidita entendí que Candy no era la chica sufrida y abnegada que nos mostraba la historia que daban en la TV, sino que era la reina de las winners.

Sino, ¿cómo te explicas que un personaje femenino de monos animados de los ochenta, nos enseñara subliminalmente que mientras más conquistas tenías, más te validabas?

Tras esos crespos de color rubio y ojos gigantes, Candy movía los hilos de una trama que ella siempre tuvo a su favor, a pesar de los desaires de sus múltiples amores: Terry, Albert, Anthony y el famoso Príncipe de la Colina, que dicen que era el alter ego de Anthony... Ay!! Ya ni sé...Es que con tanto mino que tenía me confunde la Candy.

Si ella estuviera hoy vigente creo que estaría soltera, iría a los happy hours, andaría con alguien menor, tendría silicona en las pechugas y metacril en el derriere, intimaría sólo por el hecho de sentir el llamado de la piel y no haría caso de consejos moralinos.

Candy entraría en un chat erótico todas las noches, ocultando bajo nombres ridículos su verdadero yo, lo cual a mi parecer, no tiene nada de malo.

viernes, 7 de enero de 2011

Hotel Alojamiento: por horas no exigen documentos


Por la pasajera sin maletas

Una noche de mis vacaciones obligadas, metida en el computador y mientras buscaba canciones de France Gall, una chica francesa con voz de muñeca, encontré en ese baúl de los recuerdos y sorpresas que es Youtube y sus millones de archivos, una película argentina del `66 en blanco y negro llamada “Hotel Alojamiento”.
Cuando escuché el nombre no me refería a nada. Pero ya por ser una peli añosa y sin color llamó mi atención. Cuando busqué el reparto me dio luces que podía ser buena. Y no me equivoqué. El elenco de actores era de lujo y puedo decir que conocía algunos como Olinda Bozán, Marcela López Rey y el popular Enzo Vienna, quien en Chile fue conocido como el protagonista de la teleserie Nino.
Bueno, se preguntarán ustedes qué es un Hotel Alojamiento. Pues bien, es lo que nosotros conocemos como un motel o volteadero como dice una amiga. Lugar donde se estila el famoso pollito al velador, tiene espejos en las paredes, las toallas están envueltas en plástico, te ofrecen maní y pisco sour y donde la gente va “a conversar de manera horizontal” como digo yo. ¡Ja ja ja ja!
La peli comienza con un relato estilo locutor de noticias radiales que el desarrollo de un país (o desarrosho porque es argentino) se relaciona con la cantidad de camas que posee, divididas en las cama legal y la “cama de ocasión” donde la oportunidad de relajo lo señale.
Son estas camas las que dan vida al Hotel Alojamiento. Ese hotel que se ubica en el centro de la ciudad, en un lugar decoroso pero oculto, donde los pasajeros no están obligados a dar sus nombres, bajo la estampa de lugar decente que no despierta suspicacias. Tan clandestinamente ubicado que las parejas que requerían de una cama “para no dormir” tenían dificultades para dar con él. Así, quienes desarrollaban el rubro se pusieron de acuerdo y lo llamaron “Hotel Alojamiento”.
Un nuevo tipo de hotel para un nuevo tipo de pasajeros: los pasajeros sin maleta.
La película se sucede en la recepción del hotel. En ella, dos turnos de telefonista y botones, atienden los pasajeros que concurren preferentemente de noche al lugar.
La telefonista es Olinda Bozán, gran actriz argentina. La primera pareja en asistir es una embarazada primeriza y su marido, de paso por Buenos Aires. Entran por equivocación pensando que es un hotel normal. Ya cuando cancela y le preguntan al marido cuantas horas se queda cae en cuenta que está en un hotel "de esos". Asimismo el botones se sorprende cuando llama señorita a la mujer y esta le corrige con un escueto“señora”. Pero ya es tarde y entran. La señora se hace la loca y poco le importa que su noche la interrumpan los grititos y jolgorios de las habitaciones vecinas.
También un pasajero frecuente del hotel-pues se arrendaban piezas permanentes- intenta afanosamente ingresar con una mujer a la pieza. Pero no puede. Es decir puede, pero pagando más, pues su arriendo no le permite gozar de su cama como él espera.
Jocosa es también la performance de la chica de sociedad que engaña a sus padres diciendo que aloja donde una amiga y concurre con el novio periódicamente a dar rienda suelta a sus pasiones al hotel. Si hasta les conocen y tienen tanta confianza con los empleados del hotel que él les confiesa que está juntando dinero para comprarse un departamento y casarse con la chica para ocultar la deshonra. Tamaño escándalo que se arma cuando los padres de la chica dan con ella y la encuentran encamada con el novio el que es llamado al orden, soportando el soponcio de su futura suegra, quien se escandaliza pensando en saber qué dirán sus amistades de esto.
Otro cuadro de destacar son los cuatro amigos que tras gastarse la vida en un garito se van con cuatro chicas de vida fácil a jugar a las cambiaditas de pieza en el hotel, haciendo un barullo descomunal. La jornada de la troupe se desordena cuando alarmados por el actuar desesperado del padre primerizo, las mujeres asisten a la embarazada, quien se apresta a dar a luz. Cosas que de ocurrir en un hotel normal pasan, pero en un Hotel Alojamiento son atípicas.
Los cuatro amigos se ponen a fumar junto al padre del bebé, como angustiados por no poder consumar su noche de fiesta loca con las nenas, las que cuales enfermeras llenan al bebé de mimos.
También están las parejas de casados que juegan al swinger. El tabernero que corteja a la esposa del cantante de la taberna y que se las arregla entre canto y canto para encontrarse con ella en el hotel. La mujer ama de casa que aprovecha la ida al mercado y la feria para salir con el amante y que entre tanto enredo confunde su bolsa en recepción, pues no era la única que usaba la ida a la feria para ir a comprar “amor express”.
Lejos, la que más me gustó fue la de la chica enfiestada a quien su amigo va a dejar a después de una larga noche de juerga y que no quiere irse a dormir. Una desafiante Marcela López Rey, que llama aburrido y burgués a su compañero y que sin un zapato y vestida como para una gala queda al garete en medio de la calle y hace parar a un tincudo taxista que no es nada más y nada menos que Enzo Vienna (el popular Nino), quien ve en ella la oportunidad para sacarle más que provecho al recorrido. ¡Upa y chalupa! puesto que ella se encarama en el taxi y tras un beso parten al hotel. Una vez allá, sexo furtivo. Ella alucina con el olor a hombre y ella con el perfume francés de ella. Pasa más menos una hora, el consulta su reloj y cae en cuenta que debe volver al laburo.
Ella le dice que vaya, pues se quedara durmiendo, pero que antes pague la habitación. El dice que no tiene plata que pensó que ella invitaba. Como verán, lo barsa de algunos viene de antes. Es así que él evitando que ella llame a su papi para que le solucione su falta de efectivo, deja en prenda en recepción una rueda de auto ponchada y se va por unas carreras para así juntar el dinero y pagar el estipendio de la pieza. ¡Hilarante!
Cuando regresa ella se ha repuesto y tiene ganas de ir por más. Él la frena y la conmina a vestirse e irse. ¡Qué tipo más aburriiiiiiiiiiiido!
Si se quieren reír con un humor sano y no chabacano vean esta laureada peli argentina que trae una pléyade de actores de los buenos de allá allende Los Andes. A mí me gustó y me encubó las ganas de ir a visitar un hotelcito de estos, pero acá en Chile. ¡Jejejejej! Tengo ganas de ser pasajera sin maletas.