martes, 17 de junio de 2014

¡Susanita!


El otro día me encontraba en un bar frente a la casa bebiendo una espumosa y no tan fría cerveza. La radio Imagina sonaba a todo chancho, y tocaba unas weaitas de Nino Bravo que estaban bien pulentas, que ayudaban a pasar esa tarde de verano.

De pronto, una mujer alta, pelo en melena y con unas carnes tan prominentes que llamaron mi atención, se sentó justo al frente de donde yo estaba ubicado. Con un rostro entre triste y apesadumbrado pidió una Báltica de litro, se sirvió en un vaso y con ojos lastimeros se puso a conversar con el mozo.

-¿Viene solita mijita? ¿Y su novio donde está? -preguntó el hombre, sin dejar de atender las mesas.

-No quiero saber nada de ese imbécil- dijo Susanita, para acto seguido empinarse la cerveza al seco, como si estuviera tomando agua mineral Benedictino. Ahí dejé de prestarle atención, pero por lo que pude escuchar entre líneas, su galán le había pedido 70 lucas y el hombre se estaba haciendo el weón con la plata. Sin embargo, el susodicho le había rejurado que se encontrarían en ese bar, y arreglarían la situación.

Minutos más tarde llega el pastel transformado en un verdadero energúmeno. La cara de rabia contra su polola se transformó en un rictus cuando la vio sirviéndose el segundo vaso de cerveza.

¡TONTA HUEVONA! le dijo a vista y paciencia de todos los parroquianos que en ese momento nos deleitábamos en el bar.

Inmediatamente la cara de vergüenza ajena se apoderó de todos nosotros y el weón, luego de darse media vuelta, salió raudo del boliche. La pobre mujer no sabía dónde meterse y unas tibias lágrimas se asomaron por su rostro.

El imbécil volvió tras sus pasos después de un par de minutos y se sentó al lado de la susodicha, que ya no podía parar de llorar.

- ¡Por la cresta Susana, como se te ocurre ponerte a tomar. Te he dicho tantas veces que el copete te hace mal por la mierda!

-¡Pero si esta cerveza te la compré a ti Carlitos. (De Carlitos trataban al weon) Te estaba esperando y tú  no aparecías, así es que la pedí… ¡Para que la compartiéramos los dos!

Sacando su ira a cuestas, Carlitos interrumpió:

-¡Cuántas veces te he dicho que no puedes andar tomando por ahí por la chuchaaaaaaa!-

A esas alturas la mitad de los parroquianos del bar ya estábamos que nos parábamos a chantarle un zapato en la raja al tal Carlitos. Todo el mundo estaba pendiente de la batahola que el sujeto había generado estúpidamente contra su polola.
-¡Y yo el muy huevón comprándote ropa!

Y sacó una bolsa de Almacenes París y se la tiró encima de la mesa. Ahí la pobre mujer no sabía qué hacer, excepto enjugar sus lágrimas, que a grandes borbotones salían llevándose tras si el maquillaje, el alcohol y las ganas de seguir compartiendo la mesa con ese individuo.

Carlitos, más que nada por las miradas inquisidoras del resto de los beodos del bar, cachó que las estaba puro cagando y empezó con unos murmullos casi imperceptibles: -Susy, yo te amo, yo te quiero y quiero que estemos juntos mi amorcito... y toda la wea.

Y agarró la bolsa -vapuleada ya por la conversación- y de adentro se asomaron unos petos, colaless y minifaldas que denotaban la absoluta falta de gusto por la ropa del comprador. Pese a que Susanita miró con ojos de amor a Carlitos después que éste le entregara las prendas, daría fe que todos los borrachos miraron a la chica cagados de la risa, sin caberles en la cabeza como podrían entrar sus abultadas carnes en esas diminutas polleras.

Diez minutos después todo era armonía y felicidad en la mesa. Tomados de la mano pidieron la cuenta. Susanita agarró su billetera de ratón Mickey y pagó su cerveza y la de su hombre. Embelesado, Carlitos la siguió hacia la calle, donde perdieron sus pisadas en dirección a su cercano nidito de amor. Huevones.


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