El
otro día me encontraba en un bar frente a la casa bebiendo una
espumosa y no tan fría cerveza. La radio Imagina sonaba a todo
chancho, y tocaba unas weaitas de Nino Bravo que estaban bien
pulentas, que ayudaban a pasar esa tarde de verano.
De
pronto, una mujer alta, pelo en melena y con unas carnes tan
prominentes que llamaron mi atención, se sentó justo al frente de
donde yo estaba ubicado. Con un rostro entre triste y apesadumbrado
pidió una Báltica de litro, se sirvió en un vaso y con ojos
lastimeros se puso a conversar con el mozo.
-¿Viene
solita mijita? ¿Y su novio donde está? -preguntó el hombre, sin
dejar de atender las mesas.
-No
quiero saber nada de ese imbécil- dijo Susanita, para acto seguido
empinarse la cerveza al seco, como si estuviera tomando agua mineral
Benedictino. Ahí dejé de prestarle atención, pero por lo que pude
escuchar entre líneas, su galán le había pedido 70 lucas y el
hombre se estaba haciendo el weón con la plata. Sin embargo, el
susodicho le había rejurado que se encontrarían en ese bar, y
arreglarían la situación.
Minutos
más tarde llega el pastel transformado en un verdadero energúmeno.
La cara de rabia contra su polola se transformó en un rictus cuando
la vio sirviéndose el segundo vaso de cerveza.
¡TONTA
HUEVONA! le dijo a vista y paciencia de todos los parroquianos que en
ese momento nos deleitábamos en el bar.
Inmediatamente
la cara de vergüenza ajena se apoderó de todos nosotros y el weón,
luego de darse media vuelta, salió raudo del boliche. La pobre
mujer no sabía dónde meterse y unas tibias lágrimas se asomaron
por su rostro.
El
imbécil volvió tras sus pasos después de un par de minutos y se
sentó al lado de la susodicha, que ya no podía parar de llorar.
- ¡Por
la cresta Susana, como se te ocurre ponerte a tomar. Te he dicho
tantas veces que el copete te hace mal por la mierda!
-¡Pero
si esta cerveza te la compré a ti Carlitos. (De Carlitos trataban al
weon) Te estaba esperando y tú no aparecías, así es que la pedí…
¡Para que la compartiéramos los dos!
Sacando
su ira a cuestas, Carlitos interrumpió:
-¡Cuántas
veces te he dicho que no puedes andar tomando por ahí por la
chuchaaaaaaa!-
A esas
alturas la mitad de los parroquianos del bar ya estábamos que nos
parábamos a chantarle un zapato en la raja al tal Carlitos. Todo el
mundo estaba pendiente de la batahola que el sujeto había generado
estúpidamente contra su polola.
-¡Y
yo el muy huevón comprándote ropa!
Y sacó
una bolsa de Almacenes París y se la tiró encima de la mesa. Ahí
la pobre mujer no sabía qué hacer, excepto enjugar sus lágrimas,
que a grandes borbotones salían llevándose tras si el maquillaje,
el alcohol y las ganas de seguir compartiendo la mesa con ese
individuo.
Carlitos,
más que nada por las miradas inquisidoras del resto de los beodos
del bar, cachó que las estaba puro cagando y empezó con unos
murmullos casi imperceptibles: -Susy, yo te amo, yo te quiero y
quiero que estemos juntos mi amorcito... y toda la wea.
Y
agarró la bolsa -vapuleada ya por la conversación- y de adentro se
asomaron unos petos, colaless y minifaldas que denotaban la absoluta
falta de gusto por la ropa del comprador. Pese a que Susanita miró
con ojos de amor a Carlitos después que éste le entregara las
prendas, daría fe que todos los borrachos miraron a la chica cagados
de la risa, sin caberles en la cabeza como podrían entrar sus
abultadas carnes en esas diminutas polleras.
Diez
minutos después todo era armonía y felicidad en la mesa. Tomados de
la mano pidieron la cuenta. Susanita agarró su billetera de ratón
Mickey y pagó su cerveza y la de su hombre. Embelesado, Carlitos la
siguió hacia la calle, donde perdieron sus pisadas en dirección a
su cercano nidito de amor. Huevones.
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