La visita de mi amiga Nati a la zona me dejó como tarea el escribir este relato. Paseando por Puerto Varas nos recordábamos como eran los cumpleaños de antes. Sí, esos con leche con chocolate, dulces, sorpresas, antifaz y pancitos de huevo donde se escuchaba un casette con rondas infantiles.
No esos cumpleaños de ahora donde si no arriendas los juegos inflables, tienes pintacaritas, payasos o sesiones de peluquería para las niñitas no es cumpleaños.
Yo quiero rescatar esos cumpleaños de los ochenta, donde la festejada o el festejado se vestían con su mejor ropa y le calzaban con un gorro cumpleañero bien ondero. Recuerdo que mis cinco años los celebré con una corona de papel crepé que sobrevivió algunos años y que yo después ocupaba para jugar al Miss Chile en el patio de mi casa.
Esas fiestas donde te llegaba una tarjetita invitándote a una once, generalmente un domingo a las cinco de la tarde y donde una acudía con su mejor pinta. Yo recuerdo mis vestidos y los calcetines con vuelos y el moño loco que me hacía mi mamá con el pelo bien estirado hacia atrás.
El obsequio que uno llevaba también era digno de destacar. Generalmente uno regalaba una colonia Simond’s, pañuelos y no faltó quien regalara como se acordó la Nati un humilde chocolatito con una cajita de lápices de colores de seis.
Ahora si no vas al retail y te encalillas mínimo en 5 lucas en un regalo mejor ni te aparezcas por un cumpleaños.
La mesa cumpleañera se disponía en un largo mesón vestido con el típico mantel plástico, en el que se ordenaban los platitos de cartón. Estos contenían un trozo de queque, pancitos con huevo de cumpleaños, paté o pasta de pollo, más algunos caramelos Arbolito o unos Candy. Alrededor estaban la sorpresa, el antifaz y la corneta de papel que uno hacía sonar con los demás niños provocando un ruidito estridente.
En esos tiempos la bebida familiar con suerte era de un litro, así es que se encargaban de esas bebidas de 350 cc que generalmente te tomas cuando vas a un restaurante y que tú no eras capaz de tomártela toda.
Te servían chocolate caliente y te pedían que te sientes tranquilita para que no te quemaras. Antes se hacía el rito de que el festejado, al coro de la concurrencia, cantara
el Cumpleaños Feliz y apagara su velita, desatando los aplausos de los invitados.
el Cumpleaños Feliz y apagara su velita, desatando los aplausos de los invitados.
Luego de comer nos íbamos al patio de la casa y se jugaba a la pinta o a la escondida. Yo recuerdo haber llegado toda desarmada después de jugar, pues corría como desaforada haciendo gala de la vitalidad que una tiene a esa edad.
Ese rato era aprovechado por los más grandes para comer ellos. Si eras bien amiga del cumpleañero (a), la invitación incluía a tu mamá. En las fiestecitas de ahora se hace carrete aparte con los papás y se incluye (si hay poder adquisitivo) un asado y copete a destajo para los invitados mayores que terminan disfrutando tanto o más que sus retoños.
En esos tiempos no se estilaba la piñata, pero uno podía ir a pedir más dulces y esperar luego la partida de la torta que era de bizcocho de manjar con mucha crema y mostacillas. No como esas tortas de ahora donde le mandan a estampar la cara del cabro chico cumpleañero, o bien es el pastel con la forma del Backyardigans de moda.
Mención aparte para las sorpresas de cartón y los antifaces. Las niñas soñábamos con que la sorpresa trajera un anillo de plástico o una trabita y los niños, un autito.
Nos tomaban fotos con esas máquinas de rollo que uno siempre después veía pues estabas obligado a revelarlas. No como ahora cuando sacas como mil fotos con tu cámara digital que después casi nadie ve, a no ser que las compartas en Facebook.
La casa quedaba toda desordenada pero se arreglaba todo luego, pues para ayudar a la mamá siempre iban la abuela y las tías que desde temprano estaban metidas en la cocina preparándolo todo.
Tú sólo te dedicabas a ser feliz y dar la vuelta al sol en compañía de tus parientes, amigos del colegio y los vecinos, disfrutando ese momento que para ti era único.

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