jueves, 23 de octubre de 2014

Pateadura a un caradura


Esta historia es real. Sin embargo, se han omitido las verdaderas identidades de sus protagonistas.

Un caluroso mes de verano. Una ciudad de provincia. Una pareja normal, con una relación libre, con su hijo de tres años, paseando por la plaza en compañía de amigos. El hombre sugiere que vayan a comer completos a un local concurrido. La mujer acepta y los amigos asienten. El más feliz, el pequeño Pedro de tres años, a quien le fascinan los hot dogs.

Hasta ahí parece una descripción de una situación coloquial, que nada de novedoso reviste.

Pero repentinamente, quien hace la invitación de ir se excusa de asistir por tener, según él, que arreglar un auto. Le dice a Inés que vayan con el grupo, que él se sumará más tarde. Ella lo nota extraño, alguna sensación le dejo su partida, pero no hace más preguntas.
Los amigos de Inés junto al niño toman lugar en el local. Todos ríen y conversan animadamente. Es tarde de verano y el calor dentro de la taberna se hace agobiante. Por eso deciden salir a la terraza que da a la calle. Ya han pasado más o menos tres horas desde que Alejandro, el hombre, les dejó.
De pronto, los bocinazos de la caravana de un auto de recién casados los interrumpe. La escena no pasaba de ser algo normal, salvo porque dentro del automóvil principal, el flamante novio es Alejandro, quien al enfrentarse a la mujer que hasta ese momento era su pareja, vuelve descaradamente su rostro, ignorándola.
Todos se miraron perplejos. Nadie entendía nada ni daba crédito a la aparición, más bien todos trataban de confundir al pequeño Pedro, quien para pena de su madre, advirtió que dentro de ese coche adornado y bullicioso iba su papá en compañía de otra mujer.
Inés, con los ojos inyectados de rabia, con su orgullo de mujer herida, trataba con vanas palabras de explicarle a su hijo que él que iba en el auto no era su papá.

Regresaron todos a sus casas, la velada se interrumpió ante tan infausta aparición. Inés cambió a su niño, lo acostó, pero el pequeño shockeado por la imagen que vio en la tarde, no decía palabra y sus ojitos infantiles denotaban una gran pena.
Las horas pasaron. Inés que no fumaba, se refugió en una cajetilla de cigarrillos para botar su pena. No entendía como el hombre con quien había compartido los mejores años de su vida la dejaba así, con la humillación a flor de piel y se lamentaba no haberlo advertido antes.
Su naturaleza de madre podía más que el dolor de la mujer humillada. Por eso al día siguiente mandó a Pedro a casa de una amiga y cómo si alguien le dictara que sus pasos eran los correctos, se dirigió a la taberna donde el día anterior compartía con sus amigos.
Pidio un agua mineral, se sentó en la sala interior y cual criatura salvaje que espera a su víctima, se sentó a esperar su venida.
Alejandro llegó en su camioneta a devolver el licor que había pedido en concesión sobrante de su fiesta de matrimonio. Ella salió sigilosa del local y lo abordó cuando estaba de espaldas. Le tocó el hombro con su dedo y al darse vuelta le asestó feroz pateadura en su virilidad, un puntapié con rabia, una vengativa patada para vengar la afrenta de la que fueron victimas ella y su hijo y le dijo: !Esto no es por mí, es por Pedro!
Y llovieron los improperios. Una descarga verbal beligerante, cargada de dolor, rabia. Él no pudo decir nada. El dolor no lo dejaba y se arrodilló como un penitente quedando ahí en el suelo. Ella se fue y se sacudió las manos en señal de misión cumplida.
Después por la madre del sujeto, supo que estuvo cuatro días en cama, con hemorragias y ante el suceso, se arruinó su luna de miel. Cumplido el cometido, luego los contactos de ambos se remitieron a arreglos económicos para la mantención del pequeño Pedro.
Nunca más se hablaron y hace unos días se encontraron en una plaza de otra ciudad. Era sábado y como el destino a veces nos hace jugarretas, mientras él estaba en una esquina, y ella en la otra, fueron interrumpidos por un coche nupcial, una pareja de novios que se interponía entre ambos, una pareja de recién casados que los había separado, tal cual sucedió hace más de 20 años atrás.




martes, 17 de junio de 2014

¡Susanita!


El otro día me encontraba en un bar frente a la casa bebiendo una espumosa y no tan fría cerveza. La radio Imagina sonaba a todo chancho, y tocaba unas weaitas de Nino Bravo que estaban bien pulentas, que ayudaban a pasar esa tarde de verano.

De pronto, una mujer alta, pelo en melena y con unas carnes tan prominentes que llamaron mi atención, se sentó justo al frente de donde yo estaba ubicado. Con un rostro entre triste y apesadumbrado pidió una Báltica de litro, se sirvió en un vaso y con ojos lastimeros se puso a conversar con el mozo.

-¿Viene solita mijita? ¿Y su novio donde está? -preguntó el hombre, sin dejar de atender las mesas.

-No quiero saber nada de ese imbécil- dijo Susanita, para acto seguido empinarse la cerveza al seco, como si estuviera tomando agua mineral Benedictino. Ahí dejé de prestarle atención, pero por lo que pude escuchar entre líneas, su galán le había pedido 70 lucas y el hombre se estaba haciendo el weón con la plata. Sin embargo, el susodicho le había rejurado que se encontrarían en ese bar, y arreglarían la situación.

Minutos más tarde llega el pastel transformado en un verdadero energúmeno. La cara de rabia contra su polola se transformó en un rictus cuando la vio sirviéndose el segundo vaso de cerveza.

¡TONTA HUEVONA! le dijo a vista y paciencia de todos los parroquianos que en ese momento nos deleitábamos en el bar.

Inmediatamente la cara de vergüenza ajena se apoderó de todos nosotros y el weón, luego de darse media vuelta, salió raudo del boliche. La pobre mujer no sabía dónde meterse y unas tibias lágrimas se asomaron por su rostro.

El imbécil volvió tras sus pasos después de un par de minutos y se sentó al lado de la susodicha, que ya no podía parar de llorar.

- ¡Por la cresta Susana, como se te ocurre ponerte a tomar. Te he dicho tantas veces que el copete te hace mal por la mierda!

-¡Pero si esta cerveza te la compré a ti Carlitos. (De Carlitos trataban al weon) Te estaba esperando y tú  no aparecías, así es que la pedí… ¡Para que la compartiéramos los dos!

Sacando su ira a cuestas, Carlitos interrumpió:

-¡Cuántas veces te he dicho que no puedes andar tomando por ahí por la chuchaaaaaaa!-

A esas alturas la mitad de los parroquianos del bar ya estábamos que nos parábamos a chantarle un zapato en la raja al tal Carlitos. Todo el mundo estaba pendiente de la batahola que el sujeto había generado estúpidamente contra su polola.
-¡Y yo el muy huevón comprándote ropa!

Y sacó una bolsa de Almacenes París y se la tiró encima de la mesa. Ahí la pobre mujer no sabía qué hacer, excepto enjugar sus lágrimas, que a grandes borbotones salían llevándose tras si el maquillaje, el alcohol y las ganas de seguir compartiendo la mesa con ese individuo.

Carlitos, más que nada por las miradas inquisidoras del resto de los beodos del bar, cachó que las estaba puro cagando y empezó con unos murmullos casi imperceptibles: -Susy, yo te amo, yo te quiero y quiero que estemos juntos mi amorcito... y toda la wea.

Y agarró la bolsa -vapuleada ya por la conversación- y de adentro se asomaron unos petos, colaless y minifaldas que denotaban la absoluta falta de gusto por la ropa del comprador. Pese a que Susanita miró con ojos de amor a Carlitos después que éste le entregara las prendas, daría fe que todos los borrachos miraron a la chica cagados de la risa, sin caberles en la cabeza como podrían entrar sus abultadas carnes en esas diminutas polleras.

Diez minutos después todo era armonía y felicidad en la mesa. Tomados de la mano pidieron la cuenta. Susanita agarró su billetera de ratón Mickey y pagó su cerveza y la de su hombre. Embelesado, Carlitos la siguió hacia la calle, donde perdieron sus pisadas en dirección a su cercano nidito de amor. Huevones.


jueves, 20 de febrero de 2014

¡Cumpleaños feliz!


La visita de mi amiga Nati a la zona me dejó como tarea el escribir este relato.  Paseando por Puerto Varas nos recordábamos como eran los cumpleaños de antes. Sí, esos con leche con chocolate, dulces, sorpresas, antifaz y pancitos de huevo donde se escuchaba un casette con rondas infantiles.
No esos cumpleaños de ahora donde si no arriendas los juegos inflables, tienes  pintacaritas, payasos o sesiones de peluquería para las niñitas no es cumpleaños.
Yo quiero rescatar esos cumpleaños de los ochenta, donde la festejada o el festejado se vestían con su mejor ropa y le calzaban con un gorro cumpleañero bien ondero. Recuerdo que mis cinco años los celebré con una corona de papel crepé que sobrevivió algunos años y que yo después ocupaba para jugar al Miss Chile en el patio de mi casa.
Esas fiestas donde te llegaba una tarjetita invitándote a una once, generalmente un domingo a las cinco de la tarde y donde una acudía con su mejor pinta. Yo recuerdo mis vestidos y los calcetines con vuelos y el moño loco que me hacía mi mamá con el pelo bien estirado hacia atrás.
El obsequio que uno llevaba también era digno de destacar. Generalmente uno regalaba una colonia Simond’s, pañuelos y no faltó quien regalara como se acordó la Nati un humilde chocolatito con una cajita de lápices de colores de seis.
Ahora si no vas al retail y te encalillas mínimo en 5 lucas en un regalo mejor ni te aparezcas por un cumpleaños.
La mesa cumpleañera se disponía en un largo mesón vestido con el típico mantel plástico, en el que se ordenaban los platitos de cartón. Estos contenían un trozo de queque, pancitos con huevo de cumpleaños, paté o pasta de pollo, más algunos caramelos Arbolito o unos Candy. Alrededor estaban la sorpresa, el antifaz y la corneta de papel que uno hacía sonar con los demás niños provocando un ruidito estridente.
En esos tiempos la bebida familiar con suerte era de un litro, así es que se encargaban de esas bebidas de 350 cc que generalmente te tomas cuando vas a un restaurante y que tú no eras capaz de tomártela toda.
Te servían chocolate caliente y te pedían que te sientes tranquilita para que no te quemaras. Antes se hacía el rito de que el festejado, al coro de la concurrencia, cantara
 el Cumpleaños Feliz y apagara su velita, desatando los aplausos de los invitados.
Luego de comer nos íbamos al patio de la casa y se jugaba a la pinta o a la escondida. Yo recuerdo haber llegado toda desarmada después de jugar, pues corría como desaforada haciendo gala de la vitalidad que una tiene a esa edad.
Ese rato era aprovechado por los más grandes para comer ellos. Si eras bien amiga del cumpleañero (a),  la invitación incluía a tu mamá. En las fiestecitas de ahora se hace carrete aparte con los papás y se incluye (si hay poder adquisitivo) un asado y copete a destajo para los invitados mayores que terminan disfrutando tanto o más que sus retoños.
En esos tiempos no se estilaba la piñata, pero uno podía ir a pedir más dulces y esperar luego la partida de la torta que era de bizcocho de manjar con mucha crema y mostacillas. No como esas tortas de ahora donde le mandan a estampar la cara del cabro chico cumpleañero,  o bien es el pastel con la forma del Backyardigans de moda.
Mención aparte para las sorpresas de cartón y los antifaces. Las niñas soñábamos con que la sorpresa trajera un anillo  de plástico o una trabita y los niños, un autito.
Nos tomaban fotos con esas máquinas de rollo que uno siempre después veía pues estabas obligado a revelarlas. No como ahora cuando sacas como mil fotos con tu cámara digital que después casi nadie ve,  a no ser que las compartas en Facebook.
La casa quedaba toda desordenada pero se arreglaba todo luego, pues para ayudar a la mamá siempre iban la abuela y las tías que desde temprano estaban metidas en la cocina preparándolo  todo.
Tú sólo te dedicabas a ser feliz y dar la vuelta al sol en compañía de tus parientes, amigos del colegio y los vecinos, disfrutando ese momento que para ti era único.






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