martes, 2 de junio de 2015

El Mago del Playa*


*Esta historia es real. Sin embargo, algunos nombres han sido cambiados para proteger la identidad de los verdaderos protagonistas.

Dicen que la leyenda parte mucho antes, pero yo la sitúo en un sábado de inicios de abril de 2009. Noche fría de otoño en Valparaíso. Celebración cumpleañera de una periodista porteña. Bar El Cívico de calle Blanco.
Horas antes, desde de Santiago, llega él. Lo llamaremos el santiaguino, aludiendo a la ciudad de donde proviene. Su paso por el Puerto se explica porque estaba invitado al departamento de quien es ahora su mejor amiga. La  finalidad: compartir y celebrar el apio verde número 30 de Carla,  la festejada.
El segundo piso del citado bar recibía los festejos de dos cumpleaños. En el ala izquierda se celebraba el cumpleaños de Carla, donde estaba también convidado  nuestro protagonista, quien llegó a la fiesta acompañado de su amiga y otras dos chicas,  amigas de ella. De inmediato el grupo ameno se incorporó a los festejos. Había buena música, picadillo y se podrían pedir tragos con sugerentes descuentos por el solo hecho de haber sido invitados al cumple.
Nuestro amigo  pidió para sí una piscola o algo así. Había que servirse un trago  fuerte para romper el hielo en este grupo de gente que por primera vez veía. Por supuesto,  su amiga lo presentó al grupo como corresponde y de inmediato se le pudo ver conversando animadamente con parte de los invitado. Porque tímido no era el muchacho.
Tras el canto del cumpleaños feliz de rigor, el soplo de velas, la petición de deseos  y todo ese ritual que acompaña a las celebraciones cumpleañeras, el grupo se dispuso a ocupar la improvisada pista de baile para aprestar los primeros pasos de las cumbias, rock latino y el reggaetón del cual la cumpleañera se considera aún  fanática.
Nuestro protagonista de inmediato sacó a relucir sus dotes de eximio bailarín y se le pudo ver danzando con todo el lote de amigas. Pasaba de allá para acá y no se hacía problemas para repartirse entre todas las chicas.
Una de ellas, su amiga, empezó a captar la atención de uno de los invitados al otro cumpleaños que se celebraba a metros más allá. El muchacho la miraba, mas no se atrevía a sacarla a bailar y sólo le sonreía torpemente mientras sostenía una botella de cerveza en la mano.  Ahí ella entendió que el chiquillo era todo  lo que se llama “corto de genio” y podría haber muerto esperando que la sacase  a bailar.
Ya eran casi las dos de la madrugada, cuando fiel al plan inicial, el santiaguino y las chicas se despidieron de la cumpleañera y enfilaron hacia el que era el destino final de aquella salida: el mítico y a veces no bien ponderado Bar La Playa, enclavado en los inicios del siempre temido barrio chino porteño. (Aunque a decir verdad,  a mí, la que escribe;  nunca me pasó nada malo por esos lares).
Cuando tomaban sus chaquetas y despidiéndose de los demás, estando aún  en El Cívico, el muchacho tímido de la cerveza en mano le espeta al santiaguino con voz de desazón porque le llevaba a la muchacha que él miraba: -¡Shhhaaaa. Te las llevai a todas!  Ello desató la risa del grupo que se marchaba. Así llegaron al Playa, donde ya desde fuera podía apreciarse que el bar estaba todo lo que se llama “prendido”.
Entraron. De inmediato el grupete se instaló detrás de la barra principal, como estilaban. Cobraron las cervezas que en ese tiempo eran de litro y  que a modo de cover te entregaban tras pagar las dos lucas de la entrada y se dispusieron a bailar. Todos juntos,  como un piño de ovejas de un mismo rebaño.  
A la amiga del santiaguino poco le costó olvidarse al muchacho tímido de la cerveza del otro bar que no la sacó a bailar  y al estilo Visa ( porque la vida es ahora) empezó a “hacerse ojitos” con un muchachito con pinta de universitario de primer año, a quien de ahora en adelante llamaremos “Bob”.
El enganche fue inmediato, tanto fue así que Bob se puso a su lado a bailar y no dejaban de mirarse. Otra de las chicas, a quien llamaremos Mari, puso sus ojos en un tipo nada agraciado, creo que, confundida por la oscuridad del local y las pocas luces de neón que giraban en el cielo del Playa. Era la hora de las cumbias y la pachanga. La masa se meneaba como parte de una gran colorida y acomparsada coreografía. 
En tanto, el santiaguino, vestido con su raincoat negro, bebía y bebía cerveza,  y de paso se daba el lujo de invitar una chela a cuanto parroquiano hizo de un espacio pequeñito- al lado de unas  jabas de cerveza vacías- su centro de operaciones. Hablaban  de mil cosas ininteligibles entre el ruido de la música, chocaban las botellas  y hacían salud como si fuesen amigos de toda la vida.
En esas estaba él cuando sin decir agua va, la otra muchacha del grupo, Noelia; lo asestó y agarró a besos. Él quedó pasmado. No entendía qué pasaba, pues la chica en cuestión  no había sido nada cordial cuando compartieron  un almuerzo en la tarde. Por eso, cuando el resto de las muchachas  vio la escena de ambos “atracando” como se dice, en medio de esa música estridente y los parroquianos (as)  medios pasados, sólo atinaron a sonreír.
A esas horas, la amiga del santiaguino ya estaba de la mano con  Bob y se miraban amorosamente. Mari, en tanto, tomaba y tomaba cerveza,  no dando crédito a lo que había pasado con el que ella llamó “ese weón feo que me pinché”.
Las manillas del reloj corrieron veloces esa noche de juerga  y ya iban a ser cerca de las cinco de la madrugada. El local, en cualquier momento detenía la música y bajaba la cortina. 
Se encenderían las luces, esas mismas que ponían en evidencia las caras trasnochadas y pasadas de copas de algunos, poniendo en evidencia los  romances que se armaron en la noche.
La amiga y Mari se acercaron al santiaguino con Noelia. Había que decidir dónde se iban: si seguía la fiesta en otro lado o bien se iban al departamento. Decidieron lo segundo. Pero antes de eso,  Noelia, sin explicación, salió corriendo del local. Tras ella iba el santiaguino y tras éste su amiga,  Bob y  Mari.
Cuento corto: Noelia huyó porque pensó que su amiga, que estaba con  Bob toda acaramelada, se iba a molestar porque ella se había agenciado al santiaguino. Nada más erróneo, pues ella si bien se mostró sorprendida con la situación, hasta se alegró de lo ocurrido.
El grupo apuró el tranco para que la huida de Noelia no hiciese que se perdieran y ya en Plaza Victoria se les separó Mari, quien se fue a su casa, enclavada en un cerro vecino.
Y así se  quedaron los cuatro. Bob, que a esas horas ya estaba   súper incorporado al grupete, dijo patudamente: ¡Vámonos al departamento! Y así fue.
Llegaron. Como hacía sueño y ya nadie tenía el temple pa´ seguir carreteando, no siguieron la juerga. Era hora de dormir. La dueña de casa armó un improvisado camastro, con el colchón sofá y unas frazadas, donde se dispuso a pegar una pestaña un ratito al lado de Bob.
Mientras, “El Mago del Playa” hizo su primer truco. Mientras su amiga pensaba que él  dormía en su cama, que en honor a su calidad de visita gentilmente le habían cedido, el pilluelo  (Mago) mágicamente se había tele-transportado a la habitación del frente y durmió junto a Noelia. O más bien  eso dijo que había hecho. ¡Jajajajaja!
Y así, en Valparaíso, una noche otoñal de abril de hace ya seis años, nace la leyenda de El Mago del Playa, el que como reza su slogan: Se las lleva a todas.   
Ergo: En todo este tiempo el Mago no ha vuelto a las noches del Playa. Si lo ha hecho para almorzar de día cuando el local no es ni la sombra de lo que es de noche. 
Su historia siempre está presente entre quienes protagonizaron esta historia porque siempre se le recuerda.

Por eso, creo que es hora de que empiece ya a escribirse un nuevo episodio de sus andanzas porteñas.

jueves, 23 de octubre de 2014

Pateadura a un caradura


Esta historia es real. Sin embargo, se han omitido las verdaderas identidades de sus protagonistas.

Un caluroso mes de verano. Una ciudad de provincia. Una pareja normal, con una relación libre, con su hijo de tres años, paseando por la plaza en compañía de amigos. El hombre sugiere que vayan a comer completos a un local concurrido. La mujer acepta y los amigos asienten. El más feliz, el pequeño Pedro de tres años, a quien le fascinan los hot dogs.

Hasta ahí parece una descripción de una situación coloquial, que nada de novedoso reviste.

Pero repentinamente, quien hace la invitación de ir se excusa de asistir por tener, según él, que arreglar un auto. Le dice a Inés que vayan con el grupo, que él se sumará más tarde. Ella lo nota extraño, alguna sensación le dejo su partida, pero no hace más preguntas.
Los amigos de Inés junto al niño toman lugar en el local. Todos ríen y conversan animadamente. Es tarde de verano y el calor dentro de la taberna se hace agobiante. Por eso deciden salir a la terraza que da a la calle. Ya han pasado más o menos tres horas desde que Alejandro, el hombre, les dejó.
De pronto, los bocinazos de la caravana de un auto de recién casados los interrumpe. La escena no pasaba de ser algo normal, salvo porque dentro del automóvil principal, el flamante novio es Alejandro, quien al enfrentarse a la mujer que hasta ese momento era su pareja, vuelve descaradamente su rostro, ignorándola.
Todos se miraron perplejos. Nadie entendía nada ni daba crédito a la aparición, más bien todos trataban de confundir al pequeño Pedro, quien para pena de su madre, advirtió que dentro de ese coche adornado y bullicioso iba su papá en compañía de otra mujer.
Inés, con los ojos inyectados de rabia, con su orgullo de mujer herida, trataba con vanas palabras de explicarle a su hijo que él que iba en el auto no era su papá.

Regresaron todos a sus casas, la velada se interrumpió ante tan infausta aparición. Inés cambió a su niño, lo acostó, pero el pequeño shockeado por la imagen que vio en la tarde, no decía palabra y sus ojitos infantiles denotaban una gran pena.
Las horas pasaron. Inés que no fumaba, se refugió en una cajetilla de cigarrillos para botar su pena. No entendía como el hombre con quien había compartido los mejores años de su vida la dejaba así, con la humillación a flor de piel y se lamentaba no haberlo advertido antes.
Su naturaleza de madre podía más que el dolor de la mujer humillada. Por eso al día siguiente mandó a Pedro a casa de una amiga y cómo si alguien le dictara que sus pasos eran los correctos, se dirigió a la taberna donde el día anterior compartía con sus amigos.
Pidio un agua mineral, se sentó en la sala interior y cual criatura salvaje que espera a su víctima, se sentó a esperar su venida.
Alejandro llegó en su camioneta a devolver el licor que había pedido en concesión sobrante de su fiesta de matrimonio. Ella salió sigilosa del local y lo abordó cuando estaba de espaldas. Le tocó el hombro con su dedo y al darse vuelta le asestó feroz pateadura en su virilidad, un puntapié con rabia, una vengativa patada para vengar la afrenta de la que fueron victimas ella y su hijo y le dijo: !Esto no es por mí, es por Pedro!
Y llovieron los improperios. Una descarga verbal beligerante, cargada de dolor, rabia. Él no pudo decir nada. El dolor no lo dejaba y se arrodilló como un penitente quedando ahí en el suelo. Ella se fue y se sacudió las manos en señal de misión cumplida.
Después por la madre del sujeto, supo que estuvo cuatro días en cama, con hemorragias y ante el suceso, se arruinó su luna de miel. Cumplido el cometido, luego los contactos de ambos se remitieron a arreglos económicos para la mantención del pequeño Pedro.
Nunca más se hablaron y hace unos días se encontraron en una plaza de otra ciudad. Era sábado y como el destino a veces nos hace jugarretas, mientras él estaba en una esquina, y ella en la otra, fueron interrumpidos por un coche nupcial, una pareja de novios que se interponía entre ambos, una pareja de recién casados que los había separado, tal cual sucedió hace más de 20 años atrás.




martes, 17 de junio de 2014

¡Susanita!


El otro día me encontraba en un bar frente a la casa bebiendo una espumosa y no tan fría cerveza. La radio Imagina sonaba a todo chancho, y tocaba unas weaitas de Nino Bravo que estaban bien pulentas, que ayudaban a pasar esa tarde de verano.

De pronto, una mujer alta, pelo en melena y con unas carnes tan prominentes que llamaron mi atención, se sentó justo al frente de donde yo estaba ubicado. Con un rostro entre triste y apesadumbrado pidió una Báltica de litro, se sirvió en un vaso y con ojos lastimeros se puso a conversar con el mozo.

-¿Viene solita mijita? ¿Y su novio donde está? -preguntó el hombre, sin dejar de atender las mesas.

-No quiero saber nada de ese imbécil- dijo Susanita, para acto seguido empinarse la cerveza al seco, como si estuviera tomando agua mineral Benedictino. Ahí dejé de prestarle atención, pero por lo que pude escuchar entre líneas, su galán le había pedido 70 lucas y el hombre se estaba haciendo el weón con la plata. Sin embargo, el susodicho le había rejurado que se encontrarían en ese bar, y arreglarían la situación.

Minutos más tarde llega el pastel transformado en un verdadero energúmeno. La cara de rabia contra su polola se transformó en un rictus cuando la vio sirviéndose el segundo vaso de cerveza.

¡TONTA HUEVONA! le dijo a vista y paciencia de todos los parroquianos que en ese momento nos deleitábamos en el bar.

Inmediatamente la cara de vergüenza ajena se apoderó de todos nosotros y el weón, luego de darse media vuelta, salió raudo del boliche. La pobre mujer no sabía dónde meterse y unas tibias lágrimas se asomaron por su rostro.

El imbécil volvió tras sus pasos después de un par de minutos y se sentó al lado de la susodicha, que ya no podía parar de llorar.

- ¡Por la cresta Susana, como se te ocurre ponerte a tomar. Te he dicho tantas veces que el copete te hace mal por la mierda!

-¡Pero si esta cerveza te la compré a ti Carlitos. (De Carlitos trataban al weon) Te estaba esperando y tú  no aparecías, así es que la pedí… ¡Para que la compartiéramos los dos!

Sacando su ira a cuestas, Carlitos interrumpió:

-¡Cuántas veces te he dicho que no puedes andar tomando por ahí por la chuchaaaaaaa!-

A esas alturas la mitad de los parroquianos del bar ya estábamos que nos parábamos a chantarle un zapato en la raja al tal Carlitos. Todo el mundo estaba pendiente de la batahola que el sujeto había generado estúpidamente contra su polola.
-¡Y yo el muy huevón comprándote ropa!

Y sacó una bolsa de Almacenes París y se la tiró encima de la mesa. Ahí la pobre mujer no sabía qué hacer, excepto enjugar sus lágrimas, que a grandes borbotones salían llevándose tras si el maquillaje, el alcohol y las ganas de seguir compartiendo la mesa con ese individuo.

Carlitos, más que nada por las miradas inquisidoras del resto de los beodos del bar, cachó que las estaba puro cagando y empezó con unos murmullos casi imperceptibles: -Susy, yo te amo, yo te quiero y quiero que estemos juntos mi amorcito... y toda la wea.

Y agarró la bolsa -vapuleada ya por la conversación- y de adentro se asomaron unos petos, colaless y minifaldas que denotaban la absoluta falta de gusto por la ropa del comprador. Pese a que Susanita miró con ojos de amor a Carlitos después que éste le entregara las prendas, daría fe que todos los borrachos miraron a la chica cagados de la risa, sin caberles en la cabeza como podrían entrar sus abultadas carnes en esas diminutas polleras.

Diez minutos después todo era armonía y felicidad en la mesa. Tomados de la mano pidieron la cuenta. Susanita agarró su billetera de ratón Mickey y pagó su cerveza y la de su hombre. Embelesado, Carlitos la siguió hacia la calle, donde perdieron sus pisadas en dirección a su cercano nidito de amor. Huevones.


jueves, 20 de febrero de 2014

¡Cumpleaños feliz!


La visita de mi amiga Nati a la zona me dejó como tarea el escribir este relato.  Paseando por Puerto Varas nos recordábamos como eran los cumpleaños de antes. Sí, esos con leche con chocolate, dulces, sorpresas, antifaz y pancitos de huevo donde se escuchaba un casette con rondas infantiles.
No esos cumpleaños de ahora donde si no arriendas los juegos inflables, tienes  pintacaritas, payasos o sesiones de peluquería para las niñitas no es cumpleaños.
Yo quiero rescatar esos cumpleaños de los ochenta, donde la festejada o el festejado se vestían con su mejor ropa y le calzaban con un gorro cumpleañero bien ondero. Recuerdo que mis cinco años los celebré con una corona de papel crepé que sobrevivió algunos años y que yo después ocupaba para jugar al Miss Chile en el patio de mi casa.
Esas fiestas donde te llegaba una tarjetita invitándote a una once, generalmente un domingo a las cinco de la tarde y donde una acudía con su mejor pinta. Yo recuerdo mis vestidos y los calcetines con vuelos y el moño loco que me hacía mi mamá con el pelo bien estirado hacia atrás.
El obsequio que uno llevaba también era digno de destacar. Generalmente uno regalaba una colonia Simond’s, pañuelos y no faltó quien regalara como se acordó la Nati un humilde chocolatito con una cajita de lápices de colores de seis.
Ahora si no vas al retail y te encalillas mínimo en 5 lucas en un regalo mejor ni te aparezcas por un cumpleaños.
La mesa cumpleañera se disponía en un largo mesón vestido con el típico mantel plástico, en el que se ordenaban los platitos de cartón. Estos contenían un trozo de queque, pancitos con huevo de cumpleaños, paté o pasta de pollo, más algunos caramelos Arbolito o unos Candy. Alrededor estaban la sorpresa, el antifaz y la corneta de papel que uno hacía sonar con los demás niños provocando un ruidito estridente.
En esos tiempos la bebida familiar con suerte era de un litro, así es que se encargaban de esas bebidas de 350 cc que generalmente te tomas cuando vas a un restaurante y que tú no eras capaz de tomártela toda.
Te servían chocolate caliente y te pedían que te sientes tranquilita para que no te quemaras. Antes se hacía el rito de que el festejado, al coro de la concurrencia, cantara
 el Cumpleaños Feliz y apagara su velita, desatando los aplausos de los invitados.
Luego de comer nos íbamos al patio de la casa y se jugaba a la pinta o a la escondida. Yo recuerdo haber llegado toda desarmada después de jugar, pues corría como desaforada haciendo gala de la vitalidad que una tiene a esa edad.
Ese rato era aprovechado por los más grandes para comer ellos. Si eras bien amiga del cumpleañero (a),  la invitación incluía a tu mamá. En las fiestecitas de ahora se hace carrete aparte con los papás y se incluye (si hay poder adquisitivo) un asado y copete a destajo para los invitados mayores que terminan disfrutando tanto o más que sus retoños.
En esos tiempos no se estilaba la piñata, pero uno podía ir a pedir más dulces y esperar luego la partida de la torta que era de bizcocho de manjar con mucha crema y mostacillas. No como esas tortas de ahora donde le mandan a estampar la cara del cabro chico cumpleañero,  o bien es el pastel con la forma del Backyardigans de moda.
Mención aparte para las sorpresas de cartón y los antifaces. Las niñas soñábamos con que la sorpresa trajera un anillo  de plástico o una trabita y los niños, un autito.
Nos tomaban fotos con esas máquinas de rollo que uno siempre después veía pues estabas obligado a revelarlas. No como ahora cuando sacas como mil fotos con tu cámara digital que después casi nadie ve,  a no ser que las compartas en Facebook.
La casa quedaba toda desordenada pero se arreglaba todo luego, pues para ayudar a la mamá siempre iban la abuela y las tías que desde temprano estaban metidas en la cocina preparándolo  todo.
Tú sólo te dedicabas a ser feliz y dar la vuelta al sol en compañía de tus parientes, amigos del colegio y los vecinos, disfrutando ese momento que para ti era único.






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domingo, 10 de noviembre de 2013

El amor está en el aire

Yo creo que el amor  o los sentimientos esos fuertes como la roca existen..Y les voy a contar por qué..
Todo comenzó un sábado de enero cuando nuestra protagonista fue  a un evento social llamado cumpleaños y luego- como es tradicional en el grupo- se fue a bailar al Bar La Playa de Valpo. Sí, ese mismo que dicen va a desaparecer (puras mentiras).
Ella esa vez concurrió al local con cero expectativas. Su meta era bailar y bailar y así, con esa disposición estaba cuando apareció él.
Meses después supo que él la miro desde el segundo piso, se prendó de ella y quiso de inmediato irse  a bailar a su lado. Ella si bien encontró guapo a ese joven de lentes y carilindo,  fue al interactuar con él que supo que era especial. Especial no porque fuera europeo, si no que porque él, para contactarla y seguirla frecuentando,  se hizo hasta una cuenta en Twitter, ya que ella, inteligentemente, no le dio su celular.
Con esa historia regresó a su ciudad y cual fue su sorpresa cuando advirtió que en  la red del pajarito azul tenía un nuevo seguidor y era nada más ni nada menos que él. Ahí entendió que la historia se negaba a concluir y fue así que a la semana siguiente,  acordaron verse y pasear por el Puerto Principal. Y eso fue lo que ocurrió.
Ella dejó de lado un compromiso familiar que fue tomado como una afrenta, pero que supo dulcificar cuando apareció una noche de domingo en casa de su hermana con la felicidad en los ojos y una sonrisa estampada en el rostro. Con esa cara, ¡quién se iba a dignar a reprenderla!.
Así vinieron más salidas entre los dos. Él empezó a mostrarse interesado, pero como la felicidad a veces no es perenne, la fecha de su viaje de regreso a Europa ahí estaba y amenazaba el romance.
Ella lo sabía, pero estaba disfrutando "a concho" los  momentos juntos. Los paseos por la costa, las idas a comer, los regaloneos. Aprender él de ella y ella de él y así se iban los días.
Hasta que llegó esa fecha de febrero y la Señora Despedida se instaló en la sala de su departamento. Un adiós apretado de besos y abrazos y por qué no decirlo, triste. Porque no hay despedida alegre, menos cuando la vida no te ofrece la certeza que lo vas a volver a ver.
Pero a una hora de haberse ido de su lado, él la telefoneó desde el aeropuerto  y le dijo que si de él dependiera regresaba ya a su lado. Esas palabras fueron como un bálsamo.
Y así vinieron meses de hablarse, de conocerse más y de entender que entre ellos había algo más que un mero gusto.
Y la vida como es sabia y a veces justa,  para el día de su cumpleaños le ofreció la oportunidad de ponerlo delante de su presencia nuevamente. Si bien fueron solo cinco días, eran suficientes para que planearan lo que ahora los convoca: unas vacaciones juntos en la hermana república de Bolivia y en nuestro destino turístico nortino por antonomasia: San Pedro de Atacama.
Hacia allá parten en dos días más. Yo no los he visto, pero me basta leerlos y hablar con ellos para saber que lo que están viviendo es mágico.
 Nadie sabe lo que va a pasar. Yo tampoco sé que será de mí mañana, pero creo que si el amor o un sentimiento así de fuerte existe, es porque permite que pasen cosas tan lindas y mágicas como ésta.

lunes, 29 de julio de 2013

La señora de las Barbies de La Ligua

Una de las  muñecas  preferidas de las niñas del mundo tiene- quizás sin saberlo- en la liguana Noelia Pérez Peña, a una de sus mejores diseñadoras.  Al separarse de su marido, esta esforzada mujer- madre de dos hijos-  se dio a la tarea de buscar un emprendimiento donde pudiese aportar a sus ingresos,  sin salir de su casa.

lunes, 22 de julio de 2013

Crónica de un sábado por la noche

Está comprobado que los mejores carretes son esos que no se planean y que resultan de cuando una anda con las expectativas en tono "moderación"y dispuesta sólo a pasarlo bien.
Esa fue la máxima que yo puse en práctica el sábado pasado cuando me junté con mi grupo de amigas, tras dos meses de estar fuera de las pistas porteñas.
Destino: el lugar donde como bien dice la Clau,  todo pasa, vale decir,  el Bar La Playa en nuestro puerto querido.
Tras las pasada obligada por lo que es ya nuestro centro de operaciones viñamarino (el departamento de la Coté) y mientras estábamos en pleno paso de crisálida a mariposas, es decir maquillándonos, nos fuimos a Valpo.
En el auto, como es tradicional, las chicas se fueron de coro y coreografía de la banda sonora animosa que siempre acompaña el viaje. Íbamos a hacer la previa en El Pajarito, pero el local como siempre estaba atestado de gente, e inclusive nos encontramos con cierto personaje que pese a vernos, nos evitó y haciendo gala de su malaeducación,  no nos saludó. Filo con gente así porque pa weones,  no estamos..
Por eso y cuando la Eva y la Clau llegaron a nuestro encuentro nos fuimos mejor al sector de Cumming y recalamos en el Alimapu, bar que es resistido por algunas personas, pero que a mí me encanta porque es decentito y barato. Así fue que tras sortear una empinada escalera de caracol accedimos al VIP o tercer piso.
Punto a favor era que en ese espacio podías conversar tranquilamente  sin tener que alzar la voz para que los demás te escuchen. La ocasión era perfecta para hacer un repaso de estos meses sin ver a mis queridas colegas y como siempre, terminar hablando de las relaciones de pareja y los hombres.
Partí yo haciendo un repaso somero de mi proceso de olvido, recibiendo las felicitaciones de las chicas que han visto el trabajo que he realizado al respecto. Luego vino la Kathy, quien nos relató su historia de ensueño con su extranjero que dicho sea de paso anunció visita en unos meses más. Luego la Clau con su proceso de superar el duro golpe que significó saber que el que ella creía era el amor de su vida se casó con otra. Más tarde fue el turno de Eva quien está de vuelta en las pistas tras su separación y finalmente la Coté que se está dejando querer, pero como decimos por ahí,  en el modo de “despacito por las piedras”.
En resumidas cuentas, ese ejercicio de echar fuera lo que nos pasa nos sirvió para reconocernos y aprender una de la otra en cuanto a relaciones se refiere.
Todas esas conversaciones,  huelga decirlo, acompañadas por unos exquisitos vinos con frutas y una tablita pa picar.