*Esta historia es real.
Sin embargo, algunos nombres han sido cambiados para proteger la identidad de
los verdaderos protagonistas.
Dicen que la leyenda parte mucho antes, pero yo la sitúo en
un sábado de inicios de abril de 2009. Noche fría de otoño en Valparaíso.
Celebración cumpleañera de una periodista porteña. Bar El Cívico de calle Blanco.
Horas antes, desde de Santiago, llega
él. Lo llamaremos el santiaguino, aludiendo a la ciudad de donde proviene. Su
paso por el Puerto se explica porque estaba invitado al departamento de quien
es ahora su mejor amiga. La finalidad: compartir
y celebrar el apio verde número 30 de Carla, la festejada.
El segundo piso del citado bar
recibía los festejos de dos cumpleaños. En el ala izquierda se celebraba el
cumpleaños de Carla, donde estaba también convidado nuestro protagonista, quien llegó a la fiesta
acompañado de su amiga y otras dos chicas, amigas de ella. De inmediato el grupo ameno se
incorporó a los festejos. Había buena música, picadillo y se podrían pedir
tragos con sugerentes descuentos por el solo hecho de haber sido invitados al cumple.
Nuestro amigo pidió para sí una piscola o algo así. Había
que servirse un trago fuerte para romper
el hielo en este grupo de gente que por primera vez veía. Por supuesto, su amiga lo presentó al grupo como corresponde y de inmediato se le pudo ver
conversando animadamente con parte de los invitado. Porque tímido no era el
muchacho.
Tras el canto del cumpleaños feliz de
rigor, el soplo de velas, la petición de deseos y todo ese ritual que acompaña a las celebraciones cumpleañeras, el grupo se dispuso a ocupar la improvisada pista de baile para aprestar los
primeros pasos de las cumbias, rock latino y el reggaetón del cual la
cumpleañera se considera aún fanática.
Nuestro protagonista de inmediato
sacó a relucir sus dotes de eximio bailarín y se le pudo ver danzando con todo
el lote de amigas. Pasaba de allá para acá y no se hacía problemas para
repartirse entre todas las chicas.
Una de ellas, su amiga, empezó a captar la atención de uno
de los invitados al otro cumpleaños que se celebraba a metros más allá. El
muchacho la miraba, mas no se atrevía a sacarla a bailar y sólo le sonreía
torpemente mientras sostenía una botella de cerveza en la mano. Ahí ella entendió que el chiquillo era todo lo que
se llama “corto de genio” y podría haber muerto esperando que la sacase a bailar.
Ya eran casi las dos de la madrugada,
cuando fiel al plan inicial, el santiaguino y las chicas se despidieron de la
cumpleañera y enfilaron hacia el que era el destino final de aquella salida: el
mítico y a veces no bien ponderado Bar La Playa, enclavado en los inicios del
siempre temido barrio chino porteño. (Aunque a decir verdad, a mí, la que escribe; nunca me pasó nada malo por esos lares).
Cuando tomaban sus chaquetas y despidiéndose
de los demás, estando aún en El Cívico, el muchacho tímido de la cerveza
en mano le espeta al santiaguino con voz
de desazón porque le llevaba a la muchacha que él miraba: -¡Shhhaaaa. Te las
llevai a todas! Ello desató la risa del
grupo que se marchaba. Así llegaron al Playa, donde ya desde fuera podía
apreciarse que el bar estaba todo lo que se llama “prendido”.
Entraron. De inmediato el grupete se
instaló detrás de la barra principal, como estilaban. Cobraron las cervezas que en
ese tiempo eran de litro y que a modo de
cover te entregaban tras pagar las dos lucas de la entrada y se dispusieron a
bailar. Todos juntos, como un piño de
ovejas de un mismo rebaño.
A la amiga del santiaguino poco le
costó olvidarse al muchacho tímido de la cerveza del otro bar que no la sacó a
bailar y al estilo Visa ( porque la vida es
ahora) empezó a “hacerse ojitos” con un muchachito con pinta de universitario
de primer año, a quien de ahora en
adelante llamaremos “Bob”.
El enganche fue inmediato, tanto fue así
que Bob se puso a su lado a bailar y no dejaban de mirarse. Otra de las chicas,
a quien llamaremos Mari, puso sus ojos en un tipo nada agraciado, creo que, confundida por la oscuridad del local y las
pocas luces de neón que giraban en el cielo del Playa. Era la hora de las
cumbias y la pachanga. La masa se meneaba como parte de una gran colorida y acomparsada coreografía.
En tanto, el santiaguino, vestido con
su raincoat negro, bebía y bebía cerveza, y de paso se daba el lujo de invitar una chela
a cuanto parroquiano hizo de un espacio pequeñito- al lado de unas jabas de cerveza vacías- su centro de
operaciones. Hablaban de mil cosas
ininteligibles entre el ruido de la música, chocaban las botellas y hacían salud como si fuesen amigos de toda
la vida.
En esas estaba él cuando sin decir
agua va, la otra muchacha del grupo, Noelia; lo asestó y agarró a besos. Él quedó pasmado.
No entendía qué pasaba, pues la chica en cuestión no había sido nada cordial cuando compartieron un almuerzo en la tarde. Por eso, cuando
el resto de las muchachas vio la escena
de ambos “atracando” como se dice, en medio de esa música estridente y los
parroquianos (as) medios pasados, sólo
atinaron a sonreír.
A esas horas, la amiga del santiaguino
ya estaba de la mano con Bob y se
miraban amorosamente. Mari, en tanto, tomaba y tomaba cerveza, no dando crédito a lo que había pasado con el que
ella llamó “ese weón feo que me pinché”.
Las manillas del reloj corrieron
veloces esa noche de juerga y ya iban a ser cerca de las cinco de la madrugada. El local, en cualquier
momento detenía la música y bajaba la cortina.
Se encenderían las luces, esas mismas que ponían en evidencia las caras trasnochadas y pasadas de copas de algunos, poniendo en evidencia los romances que se armaron en la noche.
Se encenderían las luces, esas mismas que ponían en evidencia las caras trasnochadas y pasadas de copas de algunos, poniendo en evidencia los romances que se armaron en la noche.
La amiga y Mari se acercaron al
santiaguino con Noelia. Había que decidir dónde se iban: si seguía la fiesta en
otro lado o bien se iban al departamento. Decidieron lo segundo. Pero antes de eso,
Noelia, sin explicación, salió corriendo
del local. Tras ella iba el santiaguino y tras éste su amiga, Bob y
Mari.
Cuento corto: Noelia huyó porque
pensó que su amiga, que estaba con Bob
toda acaramelada, se iba a molestar porque ella se había agenciado al
santiaguino. Nada más erróneo, pues ella si bien se mostró sorprendida con la
situación, hasta se alegró de lo ocurrido.
El grupo apuró el tranco para que la
huida de Noelia no hiciese que se perdieran y ya en Plaza Victoria se les
separó Mari, quien se fue a su casa, enclavada en un cerro vecino.
Y así se quedaron los cuatro. Bob, que a esas horas ya estaba súper incorporado al grupete, dijo
patudamente: ¡Vámonos al departamento! Y así fue.
Llegaron. Como hacía sueño y ya nadie
tenía el temple pa´ seguir carreteando, no siguieron la juerga. Era hora de
dormir. La dueña de casa armó un improvisado camastro, con el colchón sofá y
unas frazadas, donde se dispuso a pegar una pestaña un ratito al lado de Bob.
Mientras, “El Mago del Playa” hizo su
primer truco. Mientras su amiga pensaba que él dormía en su cama, que en honor a su
calidad de visita gentilmente le habían cedido, el pilluelo (Mago) mágicamente se
había tele-transportado a la habitación del frente y durmió junto a Noelia. O
más bien eso dijo que había hecho.
¡Jajajajaja!
Y así, en Valparaíso, una noche
otoñal de abril de hace ya seis años, nace la leyenda de El Mago del Playa, el
que como reza su slogan: Se las lleva a
todas.
Ergo: En todo este tiempo el Mago no
ha vuelto a las noches del Playa. Si lo ha hecho para almorzar de día cuando el
local no es ni la sombra de lo que es de noche.
Su historia siempre está presente entre quienes protagonizaron esta historia porque siempre se le recuerda.
Su historia siempre está presente entre quienes protagonizaron esta historia porque siempre se le recuerda.
Por eso, creo que es hora de que empiece ya a escribirse un nuevo
episodio de sus andanzas porteñas.


